lunes, abril 9

El cambio en mí

La Señorita Pony y la hermana María siguen enojadas conmigo. Más la primera que la segunda, quizás por nuestras conversaciones anteriores sobre no frecuentar mucho a Albert. ¿Cómo mantenerme lejos de él, si nos amamos? El problema va a ser explicarlo todo. ¡Menudo lío! Es verdad que tener un padre adoptivo apenas unos años mayor complica mucho las cosas. Pero yo no supe la verdadera identidad de mi tutor hasta mucho después, y para entonces, me parece, yo ya estaba enamorada de Albert. En cuanto a Albert, creo que se enamoró de mí cuando aún no recordaba su pasado, y no sabía qué clase de lazos nos unían. Debo preguntárselo cuando lo vea.

Pero sea cual sea la respuesta, no me importa. Estoy feliz y creo que me lo notan todos. Sobretodo los niños, que son muy perceptivos y que presenciaron mis depresiones del lunes y el martes. Ellos saben que algo ha cambiado pero no me preguntan nada, simplemente celebran mi buen humor y juegan conmigo como antes. ¡Cómo me divierto con ellos! ¿Alguna vez dejaré de ser niña? Al pensarlo recuerdo las sensaciones y emociones del día de ayer, y me doy cuenta de que algo en mí ha cambiado. Sé que antes he estado enamorada, pero nunca había estado con nadie de una manera tan íntima, ni había sentido un amor tan grande como el de Albert por mí. Anthony y Terry me quisieron a su modo, pero eran sólo unos adolescentes... y yo también lo era. Lo soy aún, pero me siento capaz de corresponder el amor de Albert con la misma madurez y respeto que él demuestra hacia mí.

Pensé que Albert tal vez vendría a verme por la noche, pero no fue así. Supongo que tendrá mucho trabajo. De todas formas, es seguro que vendrá a verme el fin de semana. ¿Iremos otra vez a Chicago? No me atrevo a ir a su casa a buscarlo yo, en vista de lo mal que le caen mis ausencias a la Srita. Pony.

martes, marzo 27

Decir lo que siento

Pobre señorita Pony. Mi buen humor del día de hoy la dejó totalmente confundida. Estuve toda la mañana con los chicos ayudándoles con sus ejercicios de matemáticas, y por la tarde me dediqué a barrer y limpiar, pues quería compensar mi pereza de los días anteriores. Eso sí, en cuanto terminé fui a llevar el carro del Sr. Cartright de regreso a su rancho.

Pero una vez ahí, tuve el impulso de pedirle a uno de los mozos que me llevara a Lakewood. No estaba segura de lo que le diría a Albert pero me pareció que no debía esperar más. El coche de Albert no estaba y no quise molestar a la mucama. Me quedé al lado del cancel de las rosas, disfrutando la sombra y el aroma de las flores.

No tuve que esperar mucho. Albert llegó y se alegró de verme. Hasta me invitó a cenar con él... y dejó que le ayudara a pesar de que sabe lo mal que cocino.

Yo no sabía cómo confesarle lo que siento, pero estaba tan contenta de poder hablar con él con la familiaridad de antes que ni me importó. Hablamos sobre su visita a la colina cuando yo era niña. Yo tenía nueve años, él diecisiete. Dice que salió a cabalgar con un grupo de aristócratas pero que decidió perderlos de vista. Cuando tocó la gaita para mí, se dió cuenta de que lo encontrarían y por eso salió huyendo antes de despedirnos. Sólo dejó el medallón para mí.

No me reconoció cuando me rescató del río, pero cuando decidió adoptarme se dio cuenta de que yo venía del Hogar de Pony. Nunca me confesó lo del encuentro en la colina por no desilusionarme respecto a ese príncipe. En ese momento quise decirle que lo amaba, pero no me vinieron las palabras adecuadas. Dije no sé qué estupidez sobre cómo él siempre me ha hecho sonreír y terminé por estropear mi oportunidad.

Mientras levantábamos la mesa, yo estaba furiosa conmigo misma y decidí que no me iría esa noche de Lakewood sin confesarle mi amor a Albert. Estábamos lavando los platos cuando Albert quiso saber sobre mi encuentro con Mae. ¿Por dónde empezar? Mae había comenzado por decirme que Albert me amaba, pero en vez de ello le conté sobre el hospital Santa Juana y la vida de Mae en Rhodesia... Seguramente nada de eso era nuevo para él... lo único que se me ocurrió decirle que tal vez él no supiera ya era que Mae tenía novio. ¡Pero él ya lo sabía! Le reclamé por no decírmelo antes, y sin darme cuenta confesé que había estado celosa de Mae.

Sentí cómo me enrojecía y hasta se me calentaron las orejas. Pero Albert estaba del mismo color y empezó a balbucir... ¡se veía tan tierno! Sostenía un plato entre las manos de manera un poco precaria, así que se lo quité para impedir que lo dejara caer. Él seguía diciendo que "no había pensado que..." y no terminaba la frase. Un poco impaciente, la completé yo: "No pensaste que te amara, ¿verdad?" Y antes de que dijera nada, lo abracé y continué: "Yo tampoco lo pensaba, pero ahora sé que te amo".

Qúe lindo fue dejar salir esa frase de mi boca. Si lo hubiera sabido lo habría hecho antes. Albert temblaba de emoción y me abrazaba con fuerza. Poquito a poco fue besando mi frente, y cuando levanté la cabeza me besó en la boca, con el mismo cariño como cuando estábamos en la colina de Pony, pero con más intensidad, y por mucho más tiempo. Sentía mariposas revoloteándome en el estómago y no deseaba separarme de él. Cuando se apartó seguimos abrazados.

Hablamos un poco más sobre nuestros malentendidos y nuestras estúpidas cartas. Él no había querido presionarme, y yo no me había atrevido a decir lo que sentía. Fuimos un par de tontos. Pero al final, yo más que él, pues él sólo pensaba en no herirme, mientras que yo lo que temía era su rechazo.

¿Cuánto tiempo habremos estado en la cocina? Quién sabe. Se me pasó volando. ¡Es tan lindo estar entre los brazos de Albert! Y me muero de ternura cada vez que me besa, con cuidado y dulzura, siempre esperando mi reacción antes de ir más lejos... Podría haberme quedado toda la noche ahí, besándolo en la cocina, si él no me hubiera recordado que tenía que volver al Hogar de Pony.

Por cierto, ¡qué enfadada estaba la Señorita Pony! En cuanto oyó el coche de Albert salió al zaguán. Ante su mirada de reclamo, ni me atreví a darle a Albert un beso de despedida.

Como no volví del rancho del Señor Cartright a tiempo para la cena, se preocupó mucho y mandó algunos chicos a buscarme. Ellos regresaron con la noticia de que me habían llevado a Lakewood y ella se molestó mucho, pues yo no le había avisado antes. ¿Cómo avisarle, si fui por impulso? Un impulso del que no me arrepiento, pues hoy por fin logré poner mi corazón en una bandeja, y fue bien recibido. El mal humor de la Señorita Pony no va a estropear el recuerdo de esta noche.

Es más, tengo la seguridad de que nada lo estropeará nunca, y que este amor que sentimos Albert y yo perdurará por siempre, pase lo que pase.

martes, marzo 20

Visita inesperada

Hoy seguí sintiéndome melancólica y la Señorita Pony insistió en que me fuera de paseo por la colina para que los chicos no vieran lo triste que estoy. Trepé al padre árbol y me puse a contemplar el paisaje. Estuve ahí mucho tiempo hasta que noté que alguien más había llegado a la colina y estaba trepando también. Al asomarme, no pude dar crédito a mis ojos: ¡Era Mae! ¿Qué carambas estaba haciendo aquí? ¡Y trepando un árbol, por Dios, como si fuera un mono!

"Hola Candy", dijo al llegar a mi altura. "Espero que no te moleste que haya venido a verte. ¡Uf!, no me había trepado a un árbol desde que volví a América, estoy perdiendo la práctica".

El vestido de Mae, antes tan lindo, ahora estaba polvoso y tenía una rasgadura. Al seguir mi mirada, Mae exclamó: "¡Diantres, si mi tía me ve así pensará que me asaltaron!"

Yo, que seguía sorprendida, no pensé más que decirle: "No es nada, la hermana María hace unos zurcidos casi invisibles... ella ya está acostumbrada a remendar mi ropa... y la de los niños, por supuesto".

"¡Menos mal, porque a mí no se me da nada que tenga que ver con manualidades!", dijo Mae soltando una carcajada. ¡Qué risa tan contagiosa tiene! Terminé por reírme yo también.

"A mí tampoco. Mi amiga Annie, que creció aquí conmigo, aprendió a coser y tejer muy bien. Yo en cambio solo sirvo para coser suturas".

"En eso me aventajas. Mis suturas son muy dolorosas y a mis pobres pacientes no les gustan nada... si el Dr. Leonard se entera seguro que me despide".

¡El Dr. Leonard! No recordaba que Mae trabajaba ahora en el Santa Juana.

"¿Cómo te trata el Dr. Leonard? Conmigo fue siempre muy antipático", comenté.

"Psss, en eso no ha cambiado nada. Sigue siendo muy profesional, pero le da importancia a cosas que no la merecen... ¿Sabes? Se puso a temblar cuando le conté que el paciente amnésico que vivía contigo resultó ser el heredero de los Andrew. Me parece que si tú lo desearas, te contrataría de inmediato otra vez. Pero no te interesa trabajar ahí, verdad?"

Negué con la cabeza.

"Este es un sitio muy lindo. Y además, es más agradable trabajar con niños... pero bueno. Hoy le pedí el día libre al Dr. Leonard para venir a decirte algo importante, Candy".

"¿Te pidió Albert que vinieras?", quise saber.

"¡Al contrario! ¡Me pidió que NO viniera! Pero como ves soy una testaruda y vine de todas formas... ¡no fue fácil! Conseguí que me llevaran a una granja vecina, pero por estos caminos casi no circula nadie, afortunadamente quienes lo hacen son muy amables y siempre están dispuestos a desviarse un poco, si no, estaría caminando todavía... pero bueno. Como verás hablo mucho y digo poco. Lo que yo venía a contarte es que William está muy enamorado de ti y, aunque no te lo diga, se muere de celos de pensar que amas a otro."

Mi primera reacción fue molestarme al saber que Albert seguía viendo a Mae en Chicago, pero el hecho de que le dijera a ella que estaba enamorado de mí cambiaba las cosas, ¿no? No sabía qué decir, pero no tuve que decir nada, porque Mae siguió hablando.

"Lo importante en estos casos es hablar de frente, Candy. William no sirve para eso, como ya te habrás dado cuenta. Como no quiere importunar a nadie, a veces calla lo que siente. Y si vengo a decirte todo esto es porque creo que lo mismo te está ocurriendo a ti. William, por bien que te conozca, no puede leerte la mente. Ya ves, se imaginó que te habías enamorado de James. Ya le hice ver que no es posible que te guste un tipo como James, pero no creas que eso lo dejó tranquilo."

¿Qué se puede responder a esto? Yo estaba totalmente sin palabras. Así que dije una estupidez: "¿Como puedes saber si James me gusta o no?" No sonó como yo quería. Pareció casi un reproche.

"Pues yo no lo puedo saber con certeza, pero me parece que a William ya le quedó bastante claro después del disgusto que tuvieron este Domingo".

Sentí sonrojarme y quise cambiar de tema. "Mae, sigo sin entender qué esperas de mí."

"¿Yo? nada. Pero William, o Albert, como prefiere que lo llames, está muy triste. Él es mi amigo y me gustaría ayudarlo. Si por lo menos te sinceraras con él, estaría más tranquilo".

"¿Y por qué no viene él a hablar conmigo?¿Por qué viniste tú?"

"Lo sabes bien: El cree que estás molesta con él por lo de este Domingo y no quiere meterse en tus asuntos".

Mientras pensaba en sus palabras mi estómago rugió y caí en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Se habría pasado ya la hora de la comida y seguramente no me habían llamado por no importunarme.

"Mae, acompáñame a comer algo, seguramente tú también estarás hambrienta". Mae no tuvo ningún problema al bajar del árbol.

Los chicos y las maestras estaban en clase. La Señorita Pony, siempre tan amable, nos había dejado comida a ambas con un mensaje que decía que podíamos tomar lo que quisiéramos.

"La Señorita Pony sabe que estás aquí", comenté.

"¡Claro! Ella fue quien me dijo dónde encontrarte. Se ve que te quiere mucho Candy, tienes suerte de haber crecido a su lado".

Durante el almuerzo me contó sobre el tiempo que estuvo en Rhodesia y sobre lo difícil que era trabajar en esas condiciones. La clínica en que ella trabajaba se cerró cuando Sudáfrica envió tropas al frente y los doctores, la mayoría de los cuales eran sudafricanos, fueron reclutados.

"Mi novio tuvo suerte, porque en esos momentos estaba enfermo de paludismo. En cuanto se recupere vendrá a América y nos casaremos, no desea volver a Sudáfrica nunca, pues no está de acuerdo con la guerra".

¡Qué mundo retorcido, en que se considera una fortuna el enfermarse de paludismo! Pero de pronto, quise saber más: "Mae, no sabía que tenías novio".

Me contó muchísimas cosas sobre él, desde cómo se conocieron en la clínica hasta cómo se despidieron en Sudáfrica cuando ella vino a América. Mae dice estar muy enamorada de él, pero eso sí, dijo que le costó mucho trabajo reconocer sus sentimientos en un principio. "Que no te pase a ti Candy. Uno teme arrepentirse de decir algo, pero la verdad es que si no dices nada, terminas por arrepentirte de todas maneras".

Sus palabras me hicieron meditar mientras seguíamos hablando de su novio. El pobre va a llegar aquí sin nada, enfermo y habiendo dejado todo atrás. Por eso Mae está tratando de ahorrar todo el dinero que pueda.

Terminadas las clases los chicos salieron a jugar y las maestras y yo nos pusimos a preparar la cena. Mae se ofreció a poner la mesa pero se disculpó por no saber cocinar. La hermana María, tras un rápido remiendo a la falda de Mae, comentó que de hecho era mejor mantenerme fuera de la cocina a mí también y nos dejaron hablando hasta que estuvo lista la cena. Al terminar de cenar, la Señorita Pony preguntó si mi amiga iría a pasar la noche con nosotros.

"¡No puede ser, si tengo que trabajar mañana en el hospital! " dijo Mae. "Pensé que había un tren hasta Chicago". Estábamos en un aprieto, porque ya era muy tarde y la estación de tren estaba lejos. Tuve una idea.

"Mae, vamos al rancho del Señor Cartright. Con suerte, él nos llevará a Lakewood y desde ahí tomarás el tren a Chicago". Partimos de inmediato, y, efectivamente, el Señor Cartright nos preparó un carro con caballos. Aún así, llegamos a Lakewood cuando el tren había partido. La única solución era, en esos momentos, ir a la casa de los Andrew y pedirle a Albert que llevara a Mae a Chicago, idea que no era de su agrado pues temía que Albert se enojara con ella por venir a verme. Pero no nos quedó otro remedio: era ya muy tarde para ir en carro hasta Chicago y regresar.

La mucama se sorprendió al reconocerme, y de inmediato fue a llamar a Albert. Él, por supuesto, estaba aún más sorprendido de vernos a las dos en Lakewood y tan tarde. Mae le dijo muy tranquila que había ido a visitarme pero que se le había hecho tarde, y le pidió que la llevara a casa de su tía. Albert, boquiabierto, asintió con la cabeza y fue por el coche.

"Uf, me temo que me va a reclamar en el camino, pero qué le vamos a hacer. Gracias, Candy, por traerme hasta aquí. Lo pasé muy bien contigo en el Hogar de Pony".

"Gracias por visitarme Mae, y perdóname si antes he sido grosera contigo. Puedes venir a verme cuando quieras", le dije mientras Albert se acercaba en su coche hacia la entrada. Me despedí de ambos y vine de regreso al Hogar de Pony. Ya regresaré el carro mañana, cuando los caballos hayan descansado.

¿Cómo pude ser tan tonta? Mae de verdad es muy simpática, y aunque es mucho más madura que yo, no por eso deja de ser moderna y divertida... Albert tenía razón. La complicidad que hay entre ellos y que tanto me asusta no es más que amistad, independientemente de lo que haya habido entre ellos. Además me queda claro que Mae no tiene interés en Albert. En cuanto a él, le dijo a Mae que me quiere a mí, ¿no? No debo dudar más.

La Señorita Pony comentó que mi amiga era muy agradable y que me veía más contenta ahora. ¿Cómo no voy a estarlo, si Mae dice que Albert aún me ama? Pero tiene razón, debo decirle lo que siento cuanto antes.

viernes, marzo 16

Meditaciones

Estuve llorando hasta tarde el día de ayer y me costó trabajo levantarme. La Señorita Pony creyó que estaba enferma cuando me vio, porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

"Candy, hoy no vengas a las clases, los niños se van a dar cuenta de que estás triste", me dijo. Como siempre, no me preguntó qué me ocurre, pero me preguntó si deseaba hablar de ello. Le dije que no.

A la larga quise incorporarme a las clases y ayudarle a los chicos con sus lecciones, pero ni la hermana María ni la Señorita Pony me lo permitieron, ambas dijeron que de verdad me veía muy mal y no quisieron preocupar a los chicos. Así que estuve todo el día en la colina, pensando en mi mala suerte y sin saber qué hacer.

¿Tanto le importa a Albert la opinión de Mae que estaría dispuesto a trabajar en el museo de historia natural? Me cuesta trabajo creerlo. Dijo que lo entristecen los animales disecados, pero cuando hablaba con la tía Elroy parecía decirlo en serio.

Lo peor es que Albert piense que me enamoré de Cuthbert. ¿De dónde saca esas ideas? ¡Si apenas lo he visto dos veces! Tal vez la misma Mae le haya estado calentando la cabeza. ¡Argh! ¡Cómo la odio! Ojalá nunca hubiera venido a Chicago y se la hubieran comido los leones en África.

Apnas probé bocado en todo el día. Cuando por fin me fui a la cama, la Señorita Pony me abrazó tiernamente y me dijo al oído: "Candy, no me quiero meter en tus asuntos, pero cada vez que vas a Chicago regresas muy triste. Quizá no deberías ir más".

Empiezo a creer que tiene razón.

lunes, marzo 12

La confusión de Albert

Albert se presentó muy temprano en casa de los Brighten. Annie había estado peinándome y me hizo estrenar uno de mis vestidos para verme bien cuando él llegara. Y efectivamente, cuando bajé a saludarlo, él se inclinó, besó mi mano y me dijo que estaba hermosa. Los nervios me hicieron reaccionar estúpidamente y le pedí que no se burlara. Me parece que me malinterpretó.

Fuimos a visitar a la tía Elroy, pues la pobre está muy sola. Albert me prometió que después haríamos lo que yo quisiera. La tía alabó mi peinado y mi vestido, cosa que nunca antes había hecho. Al comentar que ya era hora de que dejara de ser una chiquilla quise soltar una carcajada. Creo que siempre me sentiré como una niña. Le hice un guiño a Albert pero creo que no me entendió. Archie no estaba (seguramente se fue a ver a Annie) y la tía Elroy nos acompañó a pasear cerca del lago. Albert no le había contado nada sobre Mae, pero ella de inmediato notó el interés de Albert y comentó que ya era hora de que sentara cabeza. Se me fue el ánimo al suelo.

Cuando nos fuimos de la mansión Andrew, le pedí a Albert que me llevara al zoológico. En el trayecto le pregunté si de verdad deseaba trabajar en el museo, y él me recordó que no le gustaban los animales disecados. Aún así, me molesta que por una sugerencia de Mae el esté pensando en cambiar de oficio y desafiar a la tía Elroy. Una vez en el zoológico recordé que la última vez nos habíamos topado con Mae. No era el sitio ideal para tomar al toro por los cuernos y hablar de mis sentimientos. Lo peor fue que Albert se dió cuenta de mi nerviosismo y quiso animarme a hablar. Por un momento pensé que él ya se había dado cuenta de lo que siento por él, pues me tomó por los hombros y dijo saber lo que me ocurría... que yo estaba enamorada... pensé que me besaría de nuevo, pero en vez de ello me preguntó si mi amor era por James Cuthbert. Se me subió la sangre a la cabeza y le grité no sé qué cosas sobre lo poco que me conoce y que sólo se imagina lo que le conviene. Y sin pensar, salí corriendo. Albert, por supuesto, corrió tras de mí y me asió de la manó. Pensé que iba a gritarme, pero en vez de ello me hablaba con mucha dulzura, pidiéndome perdón, con lo cual yo me sentí todavía más culpable. Empecé a llorar. Yo, que unos segundos antes estuve a punto de confesarle mi amor, ahora estaba hecha un mar de lágrimas. Me disculpé por mi reacción y le pedí que nos fuéramos.

Estuve llorando de rabia todo el camino. ¿Qué me ocurre? ¿Y qué le ocurre a Albert? Se despidió de mi reiterándome su amistad, sin saber que sus palabras me herían. Al llegar a casa saqué la carta que él me escribió diciendo que me amaba y la leí entera de nuevo. ¿Por qué insiste en engancharme al pesado de James y subrayar que sólo somos amigos? Ahora recuerdo que también me dijo, cuando creía adivinarme el pensamiento, que yo no debía tener miedo de lastimarlo... Si alguna vez me amó, creo que ya se ha recuperado.

sábado, marzo 10

Una tarde junto a Annie

El almuerzo se me hizo insoportable, y me dejó de tan mal humor que ni siquiera terminé de describir mi día al lado de Annie. Menos mal que vine a casa de Annie y que el pesado de James no insistió en acompañarme. Albert y Mae vinieron conmigo, pero en el trayecto apenas me dirigieron la palabra. Si bien no tenía ningunas ganas de conversar con Albert en ese momento, me sentí decepcionada una vez más. Era claro que Albert estaba demasiado entretenido conversando con Mae como para importarle si me quedaba con ellos o no... ¡o si otro hombre me coqueteaba!

El alma se me fue al piso pero pronto recobré algo de ánimo: en lo de los Brighten me recibió el padre de Annie, tan cariñoso conmigo como siempre. En momentos como ése, extraño el no tener un padre y entiendo un poco mejor a Annie y su miedo -infundado, creo yo- de
defraudarlos. Patty no estaba, pero Annie estaba tan linda como siempre, fresca como una lechuga, con una alegría de verme que me devolvió el
alma al cuerpo... Sugirió que fuéramos de compras. No estaba muy de ánimo para eso, pero no quise desilusionar a Annie,
menos que menos cuando noté que lo que realmente quería era que me probara varios vestidos y colores para ayudarme a encontrar ropa que me favorezca más. Obviamente se tomó muy en serio mi carta anterior. Una vez en su casa buscó entre su guardarropa los modelos
más parecidos a los que mejor me sentaban y casi a la fuerza me hizo vestir unos cuantos, a los que les fue haciendo algunas modificaciones.

Annie siempre ha tenido muy buen gusto, pero no sabía que tuviera talento para modista. Después de tantas pruebas de vestidos y de unos
cuantos pinchazos de alfiler le dije que estaba agotada y que tenía hambre. Y luego de una deliciosa cena, nos quedamos conversando en su cuarto. Fue entonces que Annie comenzó a preguntarme sobre Albert y la puse al tanto de lo ocurrido durante el almuerzo... Le conté de Mae, de cómo cuando están juntos ellos hablan sin parar, como si no existiera nadie más en el mundo... le conté también de cómo me enfurece que le haga las cosas tan fáciles al tonto ese de Cuthbert.

Annie escuchaba atentamente, y yo, tan poco acostumbrada a compartir mis más profundos sentimientos, me sentí a la vez tan triste y también tan agradecida y aliviada por poder desahogarme con ella, que casi me pongo a llorar. Annie se dio cuenta y trató de animarme. Me insistió en la necesidad de hablar más con Albert, de no sacar conclusiones precipitadas con respecto a su vinculo actual con Mae, porque, según ella, el que se lleven tan bien no necesariamente quiere decir que estén enamorados.

Entonces fue ella quien se puso muy sensible y casi llorando, me pidió que no cometiera los mismos errores que ella había cometido... Tuvimos una hermosa conversación, ¡Annie ha cambiado tanto en estos últimos tiempos!... pero se me cierran los ojos... escribiré más tarde sobre ello.

Contribuído por Elena

viernes, marzo 2

Sábado en Chicago

Lo pasé muy mal en Chicago hoy. Traté de peinarme mejor y ponerme un vestido bonito, para no verme tan niña al lado de Mae. Albert vino a recogerme y en un momento pensé si poner o no mi corazón en una bandeja, como dijo Annie, pero no pude. Me preguntó si en adelante podía presentarme como una amiga de la familia, y le dije que sí, pero luego habló de anular mi adopción y eso me deprimió mucho. Cuando mencionó que eso había sido sugerencia de Mae le respondí de manera brusca que Mae no puede saber cómo me siento respecto a mi apellido y mi adopción. Pero también me dolió saber que Albert ha estado viendo a Mae. ¿Qué esperaba? Soy una idiota. Me disculpé por mi reacción, pero no pude explicarme bien y no quise decir más para no empeorar las cosas.

En el camino estuve meditando si de verdad quiero conservar el apellido Andrew. La verdad es que preferiría ser la señora de William Albert Andrew que la señorita Andrew.

Pasamos por Mae antes de ir a un restaurante donde nos esperaba James Cuthbert. Al principio ese individuo no me quitaba los ojos de encima. Albert no dejaba de hablar sobre Mae y lo maravillosa que es haciendo énfasis en su labor filantrópica entre los nativos de Rhodesia. A mí ni me mencionaba. James comentaba que yo también era una persona desprendida, quien pudiendo vivir rodeada de lujos al lado de los Andrew, vivía en un humilde orfanatorio. Mae trataba de desviar la conversación hacia ella, y logró interesarlo en las minas de África, al punto que terminó por convertirse una comida de negocios durante la cual ellos tres sopesaban los riesgos contra las posibles ganancias en el caso de invertir en minas. Me sentí totalmente fuera de lugar e incluso un poco decepcionada al ver que el Señor Cuthbert se olvidaba de mí. No debería importarme, pues el Señor Cuthbert me es un poco antipático, pero su admiración me hacía sentir un poco mejor.

Tras la comida, Mae sugirió que fuéramos juntos al museo de historia natural. Pero yo ya no podía aguantar la situación tan incómoda y le pedí a Albert que me trajera a casa de los Brighten. Una vez más el Sr. Cuthbert se sorprendió, y le preguntó a Albert (en lugar de preguntarme a mí):

- ¿No sería mejor para su hermana quedarse en la residencia Andrew?

Yo iba a contestar que prefería la compañía de mi mejor amiga, pero Albert le dijo: "Más que hermana, Candy es una amiga de la familia, y no suele hospedarse con mi tía Elroy".

Una amiga, eso dijo él. ¿Qué otra cosa podría haber dicho? No sé por qué me dolió la palabra "amiga". Creo que ya es muy tarde para confesarle a Albert mis sentimientos, pues parece que ahora él sólo piensa en Mae. ¿De verdad pudo olvidarse de mí tan pronto? Annie me dice que no desespere, que estoy viendo tormentas donde no las hay. Pero me pone muy triste saber que Albert una vez más está frecuentando a Mae.

martes, febrero 27

El pasado amoroso de Albert

Hoy he estado pensando mucho en Albert, y los motivos que pudo tener para darle mis datos a James Cuthbert. Algo me dice que desea olvidarse de mí.

Cuando Albert me contó por primera vez de Mae y de su venida a Chicago, no me sentí particularmente molesta, excepto que noté su nerviosismo al preguntarle por el novio de ella. Ahora me arrepiento de haber confirmado su noviazgo con ella el Domingo pasado. No tenía por qué interrogar a Albert, al fin y al cabo, él no es de andar preguntando ni metiéndose en la vida de otros. El sabe escuchar, pero no es metiche, lo que es muy diferente. A pesar de todo, me confortaba su énfasis en que Mae ya no era más que su amiga.

Pero cuando la ví, cuando ví cómo se saludaron, cómo se llevan, la complicidad que existe entre ellos, me asaltó la duda que ya casi es certeza de que siguen queriéndose. Y eso me hace hervir la sangre de coraje.

Me hace sentir mal tanto pensar en el romance que tuvieron como el reconocer que mi reacción es totalmente irracional e injusta. ¿Con qué derecho reprocharle el haber tenido una novia? De hecho, aunque no nos llamáramos de "novios", yo misma tuve dos grandes romances. Estuve profundamente enamorada de Anthony y luego de Terry.

Anthony me abrazó, me dio un beso en la mejilla... y apenas tenía yo doce y trece años. Terry me besó. Robado o no, me dió un beso. No un besito. Un beso de enamorados, en la boca. Y me abrazó con fuerza en el triste día que nos dijimos adiós, en las escaleras.

Albert nunca me preguntó si Anthony o Terry me habían besado o qué. Fui yo quien le contó todo porque sentía confiaza con él. En cambio él no me dio detalles de su noviazgo con Mae. Quiero saberlo todo. Y sin embargo no quiero saber nada.

Todavía recuerdo lo que se sentía estar enamorada, las mariposas en el estómago, ver a la persona querida hasta en la sopa... y cómo el más ligero contacto físico hacía que mi corazón batiera como loco.

El beso de Terry fue un beso robado que en realidad me molestó en su momento. Fue algo tan rápido que ni recuerdo cómo se sintió. Pero sí recuerdo las cosquillas que me daban en el estómago al sólo pensar que él se sintiera tan atraído por mí como para hacer eso.

Y cuando pienso en Albert enamorado o sintiendo o haciendo esas cosas... ¡el corazón me da un vuelco! ¡Me dan ganas de llorar!

Sé que lo que pienso y digo no tiene sentido. Albert es bastante mayor que yo. ¡Claro que debe de haber tenido más de una novia! ¡Al menos debe haber estado enamorado de alguien alguna vez! ¡Tiene que haber suspirado por alguien, besado a alguien... !Aaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡No soporto ni la idea!

Creo que me malacostumbré. Mientras yo le contaba de mis enamorados, él escuchaba pero nunca contaba de sus cosas, de sus historias. Me acostumbré a ser el centro de su atención, la única mujer, aparte de su querida hermana, de quien hablaba.

¡Qué estúpida! ¡Qué orgullosa soy! ¡Me creía la única mujer de su vida! Sin siquiera detenerme a pensarlo, pero sea como amiga, hermana, pupila, enamorada, lo que fuera... siempre pensé que era *la* mujer en la vidad de Albert ... todavía me siento como tal y todavía me creo con el derecho de reclamarlo como "mío", ahora que veo que él pudo y puede tener un vínculo tan o más estrecho que el que tiene conmigo con otra mujer.

Albert no siempre fue "mío", ni lo es, ni tiene por qué serlo. Pero no puedo asimilar esa idea. Podría llegar a aceptar que él no estuviera tan enamorado de mí como esa carta parecía indicar y que quedásemos como amigos ... pero la posibilidad, en cambio, de que se enamore de otra y de que sea por lo que fuere, otra mujer ocupe igual o más espacio en su corazón que yo me da ganas de........ ni sé de qué.

Hoy me vino a la mente la imagen de Mae y él abrazados, como se abrazaron al encontrarse en el parque, pero todos los días... y contándose su vida todos los días... y me sentí fatal. Tanto que la Señora Pony se dio cuenta y me preguntó si me sentía yo bien.

Soy un manojo de nervios, me impaciento por todo y uno de estos días la Hermana María se cansará, y por más que ya sea una señorita, me pondrá en penitencia como a cualquiera de los niños.


Por Elena

jueves, febrero 22

Más cartas

Esta mañana recibí otras dos cartas, para sorpresa de la Señorita Pony quien quiso saber si me traigo algo entre manos. Una era una carta de Annie, la cual incluyo aquí:

Candy,

En cuanto recibí tu carta le pedí a mi padre que me llevara a verte, pero olvidé que teníamos ya un compromiso familiar. Sin embargo, estuvo de acuerdo en enviar un mensajero con esta carta que estoy escribiendo a toda velocidad para que te llegue cuanto antes.

Candy, me asombra todo lo que me relatas. Nunca pensé que vieras en Albert más que a un hermano mayor. Pero la camaradería y el cariño entre ustedes era patente, y no me sorprende que Albert buscara algo más y por eso te haya besado. ¿De verdad estás enamorada de él? Si es así, debiste decírselo ese mismo día, pues tal vez Albert ahora piense que no quieres nada con él. Por lo menos no lo abofeteaste, como hiciste con Terry.

No le hagas caso a la Señorita Pony. A Albert nunca le ha importado lo que opinen de él, y me parece de lo más romántico pensar que ustedes dos se casen algún día. Candy, no todo está perdido. Si puedes, habla con él de nuevo y dile que lo quieres. Yo sé que es muy difícil poner tu corazón en una bandeja sin saber si será rechazado o no. A mí me sucedió con Archie pero no me arrepiento de haberle confesado mi amor. Ahora estamos muy contentos juntos.

En cuanto a esa enfermera, no sé qué decirte, pues casi no me cuentas nada de ella. Es normal que habiendo estado juntos por un tiempo se conozcan bien, pero tú viviste con él todos esos meses bajo el mismo techo, y seguramente lo conoces mucho mejor.

No tengas miedo a hablar de tus sentimientos Candy. ¡Ánimo!

Te quiere,

Annie.

El segundo mensaje lo trajo George. Era de Albert, escrito con prisa y sin ganas, y no tuve inconveniente en mostrárselo a la Señorita Pony. Tan sólo decía que le había dado mis datos al Señor James Cuthbert para que viniera a verme, y me invitaba también a pasar el fin de semana con Mae.

Sin ganas, le escribí una respuesta a Albert diciendo que aceptaba su invitación, pero también le escribí otro mensaje a Annie aprovechando que George iba a Chicago.

Annie:

Muchas gracias por tu mensaje. Este fin de semana voy a estar en Chicago con Albert y con Mae. ¿Puedo quedarme en tu casa? Tengo deseos de charlar contigo.

Con cariño,

Candy

Le conté a la Señorita Pony que Mae era la novia de Albert en África. Eso la dejó muy satisfecha. Yo, en cambio, estoy bastante a disgusto con Albert. No se molestó en explicarle nada al Señor Cuthbert y en cambio le dio mis datos para que fuera yo quien tuviera que aclarar el asunto.

Por cierto, el interfecto vino, efectivamente, por la tarde. Si bien es evidente que nunca había estado en un sitio tan humilde, se comportó muy bien. Lo recordé de inmediato, pues su mirada me hizo sentir muy incómoda cuando nos presentaron. Se quedó a tomar el té y la Señorita Pony nos dejó solos.

No dejaba de admirarse de que una Andrew viviera en un sitio tan inhóspito y yo le dije fríamente que, aunque había sido adoptada por los Andrew, yo misma había crecido y vivido mi infancia en ese orfanatorio. Se sorprendió muchísimo al saberlo, pero no por ello dejó de alabar mi nobleza al volver al sitio donde crecí siendo que ahora formaba parte de una familia prominente.

Yo estaba muy incómoda y deseosa de que se fuera. Le expliqué que en realidad los lazos que me unen a los Andrew son más bien amistosos, y que no me considero parte de la familia. El seguía insistiendo que yo era una persona excepcional y que se sentía honrado de haberme conocido. Quería que nos viéramos de nuevo y le comenté que iría a Chicago este fin de semana. Prometió ponerse de acuerdo con Albert para vernos y se despidió. Pensé que nunca se iría.

Albert, ¿por qué me metes en estos aprietos? ¿No dijo Albert en su carta que se había enamorado de mí? Sin embargo, nunca dijo que fuera a insistir en buscar mi amor. Tal parece que prefiere que quedemos como amigos a pesar de todo, y que no tiene inconveniente en que alguien más me corteje. No puedo soportarlo, menos mal que veré a Annie este fin de semana. Ella sabrá aconsejarme.

lunes, febrero 19

Dos cartas

Esta tarde se presentó George en el hogar de Pony, trayendo una carta para mí que alguien llevó por error a la residencia Andrew. Antes de que se fuera, le pedí a George que le llevara una carta a Annie de mi parte, y él pacientemente esperó a que la termiase de escribir:

Querida Annie:

Te extrañará que te escriba de repente, pero de verdad necesito hablar con alguien.

Annie, tu sabes que Albert y yo hemos sido amigos desde que yo era niña y trabajaba en los establos de los Leegan. Fue él quien decidió adoptarme como una Andrew y darme una educación, pero yo no lo supe hasta mucho después. Hay algo más que no te he dicho, y es que de niña, cuando a ti te acababan de adoptar los Brighten, conocí a un muchacho en la colina de Pony. Apenas hablamos, pero durante muchos años soñé con encontrármelo de nuevo. Pues bien, ese muchacho era también Albert. Lo supe el día que regresé al Hogar de Pony. Ese día Albert me besó en la colina. Fue un instante nada más, y después no pudimos ni hablar, pues ambos estábamos avergonzados. Poco después me escribió una carta disculpándose.

Annie, lo cierto es que yo estoy enamorada de Albert, pero no sé cómo decírselo. Dime, ¿qué debo hacer? La Señorita Pony no sabe nada de esto, pero me dio a entender que Albert y yo no debemos vernos muy seguido para que la gente no se imagine cosas. ¿Tú qué opinas? ¿Qué harías en mi lugar?

Hay algo más: Cuando Albert viajó al África, tuvo una novia que era enfermera. Tal vez recuerdes que la mencionaba en las cartas que me enviaba. Ella acaba de llegar a Chicago. Albert dice que ahora son sólo amigos, pero me molesta que no me hubiera dicho desde un principio que fueron novios. Yo la conocí y me parece que hay demasiada familiaridad entre ellos. ¿Crees que es muy tarde para mí?

Annie, por favor ven a verme, o escríbeme una respuesta cuanto antes. Necesito tu ayuda.

Un abrazo,

Candy

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

Una vez que se fue George, abrí la carta que me fue enviada a la residencia Andrew. Está, efectivamente, dirigida a Candice Andrew, y no tiene remitente. Al abrirla me sorprendí muchísimo. La escribe un tal James Cuthbert:

Señorita Candice:

Le pido disculpe mi atrevimiento al escribirle personalmente, siendo que apenas fuimos presentados hace un par de días. Yo ignoraba que el Sr. William Andrew tuviera una hermana tan hermosa. Me habría gustado mucho invitarlos a ambos a tomar un café para conocernos mejor, pero al parecer William tenía prisa por irse.

¿Le molestaría que fuese yo a visitarla a su casa? Mi relación con su hermano es estrictamente de negocios, pero me gustaría mucho también entablar amistad con usted.

Puede, si así lo desea, enviarme una respuesta con su hermano, a quien yo pienso visitar en su oficina el día de mañana.

Quedo de usted,

James Cuthbert

Madre mía, y ¿ahora qué hago? Cree que soy hermana de Albert y que vivo con la tía Elroy. No sabe que no soy más que una enfermera que trabaja en el mismo orfanatorio donde creció. Si hubiese abierto la carta estando aquí George habría podido mandarle un mensaje, e incluso pude haberle escrito algo a Albert, pero ya es muy tarde. No tengo otro remedio que regresar a Chicago, pero mañana me es imposible. ¿Qué pasará cuando el Señor Cuthbert le pida mi respuesta a Albert y él le diga que no sólo soy una huérfana que él recibió en la familia?

domingo, febrero 18

Soy una chiquilla

Me he sentido muy mal últimamente por mi comportamiento en Chicago. No hay nada que justifique mi estúpida, infantil, inmadura e irracional reacción. Todavía me siento insegura y celosa, pero también avergonzada y preocupada... preocupada porque creo que si ya mi tonta carta del otro día era como para que Albert se entristeciera y me considerara injusta, mi comportamiento de ayer lo debe haber decepcionado de mí aún más.

Sé que nos perdonamos por nuestras respectivas estupideces cuando todo ese lío de las cartas. Pero he metido la pata otra vez. No tenía motivos para mostrarme tan grosera con su amiga, y menos que menos para casi gritarle que se callara y me dejara en paz, que me tenían harta sus historias...

Me cansé de llorar y llorar y llorar. Solo quiero olvidarme de todo esto. Hacer de cuenta que no pasó nada, dejar que pase el tiempo, esperar que él olvide lo que pasó o que de alguna manera todo este problemón se resuelva. Pero entonces me viene a la cabeza Mae, y me parece que no debo perder más tiempo, pues su presencia hará imposible que él piense mucho en mí o me extrañe... es más, Mae lo alejará aún más de mí, estoy segura.

Por más rabia que me dé reconocerlo, es lo más lógico del mundo que Albert en algún momento se haya fijado en Mae como mujer. Si es que no la sigue viendo así. Aghhhh. En realidad lo que no es tan lógico es que se haya fijado en mí en algún momento. Mae es toda una mujer, yo, una chiquilla. Y ahora que ella está "ahí", cerca de él, con su insoportable simpatía y buen humor... y su belleza de mujer, no de niña... ¿cómo podría él no notar la diferencia entre nosotras? Con Mae al lado, yo desaparezco.

Lo peor es que no sólo es bonita. Es divertida, simpática, alegre, trabajadora y todas esas virtudes que Albert aprecia tanto. Se conocen bien, tienen historias en común, se aceptan tal como son. ¡Y de seguro se atraen mutuamente! Albert es taaaaan buen mozo. Por supuesto que Mae debe pensar lo mismo. Y cuando se encontraron y la vio con su elegante vestido, el propio Albert le dijo a Mae que se veía muy bonita.

Aggghhh.

¡Y claro que lo es! Pude notar que en la confitería más de uno de los jóvenes presentes, luego de que les llamara la atención su risa contagiosa, se le quedaban mirando embobecidos. Tiene una cara muy bonita. Tiene algunas pecas, como yo. Pero muchas menos, casi no se le notan y quién las notaría de todas maneras con esos rasgos tan bonitos. Su nariz es pequeña y recta... le da un perfil clásico, elegante... no el perfil de niñita que me da mi nariz respingada. Sus ojos son de un hermoso color miel y sumamente expresivos, con esas enormes pestañas oscuras que les
dan un aire misterioso.

Su cabello es abundante, luce sedoso con ese tono cobrizo. No parece una mata de pelo indomable semirecogido con unas cintas en algo que termina luciendo como coletas de niña, como en mi caso. Encima, con sus continuas risas, atrae atención hacia sus perfectamente formados labios y su brillante sonrisa. Yo en cambio tengo los labios un poco más finos y si bien me río mucho, mi risa es más escandalosa, menos cristalina que la suya.

Es más alta que yo. Al lado de Albert queda muy bien. Él es tan alto y juntos parecen una pareja hecha el uno para el otro. Es delgada. Bueno, yo también. Pero ella es delgada con curvas donde tiene que haberlas. Yo también tengo mis curvas, pero no soy tan exhuberante como ella y la ropa que uso no sirve en nada para realzar mis atributos.(¿¡Por qué nunca aprendía de Annie!? ella siempre me incentivó a ser más coqueta!)

Antes ni me fijaba en eso y si me fijaba, no me importaba. Pero ahora me miro al espejo y me veo flacucha, mi busto de golpe se me hace pequeño y se me hace que mis caderas no son lo suficientemente anchas como para realzar mi pequeña cintura. La mayoría de los hombres debe pensar que soy una chiquilla.

¡Y yo que me ofendí aquella vez con el frutero que me trató de "señora" mientras Albert a lo lejos oía, cuando fui al mercado por frutas! Me hizo sentir una vieja! y sin embargo, qué daría hoy por que alguien me viera y tratara realmente como una mujer!

¿Cómo competir con la belleza y encanto de Mae? ¡Ja! Llevo todas las de perder.

¡Ya no quiero que me vean como a una jovencita! ¡No quiero sentirme tan chiquilla al lado de alguien como Mae! ¡No! Será por orgullo y vanidad más que por otra cosa, ¡pero no quiero!

Tengo que visitar a Annie y de alguna manera pedirle que me ayude a pulir mi aspecto, a verme un poco más adulta. Aunque seguramente ya sea tarde para que Albert lo note, menos que menos con Mae al lado!

Por primera vez en mi vida me siento insegura y sin saber qué hacer. Deseo hablar con Annie, contarle todo y pedirle su consejo. Ella fue muy valiente al confesar su amor por Archie. ¿Por qué no puedo hacer lo mismo con Albert? ¡Quiero gritar de rabia! ¿Pero a quién y por qué? ¿Gritarle a Albert o a mí misma? ¿O a Mae?

Por Elena

sábado, febrero 17

La Intrusión de Mae

Hoy fue un día horrendo. Parecía que empezaba bien, pues uno de los granjeros de la zona necesitaba llevar un cargamento a Chicago y se ofreció a llevarme. Eso me daba la oportunidad de ir a visitar al Dr. Martin y de paso ir de compras con Annie, pues los chicos necesitan ropa nueva. Pensé que también podía visitar a Albert y pedirle que me trajera de regreso. Me hacía ilusión pensar que tal vez podría explicarle mejor cómo me siento, pero no fue así.

Albert no estaba solo en su oficina, aunque yo no me di cuenta y me arrojé a sus brazos diciéndole que lo había extrañado. Él me dijo, en voz muy bajita: "yo también, princesa". En eso se nos acercaron unos caballeros que estaban con Albert, y él me introdujo simplemente como "Candice Andrew". Sin embargo, no los presentó a ellos. Uno en particular me clavó la mirada y me hizo sentir muy incómoda. Cuando por fin se fueron, me dí cuenta de que Albert no deseaba que la gente supiera que yo era su pupila. Resulta que las sospechas de la Señorita Pony tienen fundamento.

Albert sugirió ir al zoológico y yo asentí. No hablamos mucho en el camino pero al llegar al zoológico me armé de valor y le pedí perdón por presentarme en su oficina sin avisar y darle molestias. Él no pudo responderme, porque una mujer nos interrumpió dando voces, emocionada.

Era Mae, la ex-novia de Albert. Adelantó su venida a Chicago y lo primero que hizo fue buscarlo. Lo más extraño fue comprobar que Mae no es una refinada señorita de sociedad, sino una persona sencilla y sin tapujos. Me extendió la mano pero al acercarse tropezó con sus propias faldas. A mí me dio pena, pero a Albert le dio risa. ¡El muy maleducado! Pero Mae, en lugar de enojarse con él, rió y dijo que seguía siendo una mona. La familiaridad con la que habla con Albert me da envidia. Parecen más que viejos amigos. Mae mostraba mucho interés en mí y me hizo sentir incómoda. Cuando Albert nos presentó dijo que había pensado que yo era una chiquilla. ¿Qué le habrá dicho Albert de mí? Sentí cómo me subía la sangre a la cabeza y me dieron ganas de salir corriendo.

Nos fuimos a tomar un helado a una confitería. Mae nos contó que adelantó su llegada a Chicago para familiarizarse con la ciudad antes de empezar a trabajar en el hospital Santa Ana. Cuando fue a buscar a Albert y George le dijo que se había ido temprano, se le ocurrió que podría encontrarlo en el zoológico. Esto último me hizo ver que Mae conoce muy bien a Albert, pues yo habría hecho lo mismo. Mae me hacía muchas preguntas sobre mi huida del Colegio San Pablo. Se sorprendió al saber que yo sola había costeado mis estudios trabajando a la vez como estudiante, y que fui la única que acogió a Albert cuando perdió la memoria. Supo también que me vi obligada a renunciar a mi trabajo en el hospital cuando se enteraron de que vivía con Albert. Ese es un tema del que prefiero no hablar, pero ella insistía en ello. En un momento pude notar que le guiñaba un ojo a Albert y a partir de ahí se pusieron a hablar de los momentos que compartieron en la clínica de África. Yo estaba muy descorazonada al ver lo mucho que tienen en común. Sé que interrumpieron su noviazgo por mi culpa, y pienso que ahora tal vez traten de recuperar el tiempo perdido. Pero, ¿no decía Albert que me amaba? Quizá al sentir mi rechazo busque el amor en otro sitio, y quien mejor que Mae, con quien ya ha tenido un romance antes.

Mae va a hospedarse en casa de una tía, a donde la fuimos a llevar antes de volver al Hogar de Pony. En el camino de regreso, Albert no dejaba de hablar de ella. Hubo un momento en que no pude más y le pedí que guardara silencio porque estaba yo muy cansada.

La verdad es que sí estaba cansada, pero también muy confusa. Me imaginaba a Mae como una persona más seria, un poco como la hermana María. Y aunque Albert me dijo que eran amigos, no me esperé que se conocieran tan bien. Me tortura saber que alguna vez fueron novios. ¿No será que Mae vino a Chicago dispuesta a recuperar su cariño?

Quise dormirme durante el trayecto a casa pero aunque tenía cerrados los ojos no podía dejar de pensar en Mae y la familiaridad con la que habla con Albert, en lo bonita que es y lo mucho que tienen en común.

Llegando al Hogar de Pony me despedí a toda prisa, pues no quería hablar más. Fui muy torpe. Debí darle por lo menos las gracias.

viernes, febrero 16

Domingo

Hoy nos levantamos temprano para ir a la iglesia. Me sentí muy extraña yendo con toda la familia. La tía iba toda de negro y con un velo en la cabeza. Sigue guardando luto por Stear. Después de la misa volvió sola a la residencia de los Andrew y los demás nos quedamos paseando por el centro de Chicago. Almorzamos y después me despedí de mis dos amigas y de Archie, pues deseaba volver temprano al Hogar de Pony.

En el trayecto, cuando por fin estuve sola con Albert, no pude resistir la necesidad de preguntar:

- ¿Albert, cuando estabas en África, fuiste novio de Mae?

Albert casi se sale del camino de un sobresalto.
-No te puedo mentir Candy. Debí decírtelo antes, ¿verdad?
- Es igual. Pude darme cuenta por cómo reaccionaste el otro día.
-¿Ves por qué digo que nadie me conoce como tú? Es verdad, fuimos novios un tiempo, pero terminamos cuando yo me fui de África.

- Y, ¿por qué te fuiste? - quise saber.

Mi pregunta pareció sorprenderle.

- Me fui a buscarte, Candy. En cuanto supe por George que habías huido del Colegio San Pablo abandoné todo. Tuve mucho miedo por ti. No logré encontrarte, y en cambio estalló la guerra en Europa y yo sufrí el accidente que me hizo perder la memoria. Terminaste siendo tú quien me cuidó a mí.

Lo dijo con una sonrisa, como si le alegrara que hubiéramos terminado juntos. Yo no estaba satisfecha y quise saber más.

- Pero, ¿terminaste con Mae en algún momento?

- El mismo día que supe de tu huida terminamos. Ella no entendía por qué yo tenía que ir a buscarte, y creo que no me molesté mucho en explicárselo.

- Pero cuando por fin te recuperaste y volviste con la familia Andrew, ¿Te arrepentiste de haberla dejado? ¿no intentaste buscarla?

Albert frunció el seño.

- Nunca. Sólo pensaba en ti.- Al decir esto se sonrojó.- Ya sé que suena extraño Candy, pero es verdad. Desde aquélla vez que casi te ahogas y yo te rescaté, me sentí responsable por ti. A partir de entonces hice todo lo que pude por que tuvieras una vida mejor, y me tomé muy en serio esa promesa. Mi error fue que nunca hablé con Mae al respecto. Tampoco le hablé de las enormes responsabilidades que ya me agobiaban desde entonces. Ella deseaba quedarse para siempre en África. Yo, en cambio, sabía que tendría que volver a Chicago tarde o temprano, pero no le explicaba por qué.

- ¿Por qué no lo hiciste?

- Yo qué sé. Ahora me arrepiento de no haber hablado más con ella, pero ya es tarde. Tal vez, si nos hubiéramos comunicado mejor, habríamos sido una buena pareja, pero ella cree que nunca debimos ser más que amigos.

Terminó su frase con un hilo de voz, como si le doliera contármelo. Cambié de tema. Hablamos de Poupée y de los extraños animales de África. Hablamos de mil cosas más hasta que llegamos al Hogar de Pony cuando el sol ya se había ocultado.

- Gracias por venir, Candy.- Me dijo.

No supe qué decirle, sólo lo miré sin saber qué esperarme. Él bajó la mirada.

- Vendré a verte en cuanto tenga noticias de Mae.

Bajé del coche con los pies de plomo, dándome cuenta de que había perdido otra oportunidad de expresarle lo que siento. Me despedí sin ganas y al entrar al Hogar solté el llanto.

jueves, febrero 15

Sábado

La Señorita Pony debería estar tranquila. Cuando Albert habló de dar un paseo por Chicago, en ningún momento especificó que estaríamos los dos solos. Albert vino a recogerme acompañado por Patty, Annie y Archie. Me informaron que los Leegan se fueron ayer a Florida y que deseaban celebrarlo. Hicimos un picnic en el parque de Chicago y puedo decir que estuve muy contenta de estar con todos ellos. Lo único que me puso nerviosa fue cuando Albert y Archie me pidieron que cenara con ellos y con la tía Elroy en la residencia Andrew.

La tía fue muy cortés conmigo y me agradeció una vez más el que hubiese cuidado a Albert durante su convalescencia. Me da rabia saber que ella sabía perfectamente bien que me iban a despedir porque Neil se lo dijo. Si hubiera intercedido por mí, no sólo no me habrían despedido sino que además ella habría encontrado a Albert mucho antes.

Pero no se puede cambiar el pasado, y debo agradecer que por lo menos ahora podemos sentarnos a comer en la misma mesa. No puedo decir que haya sido una comida alegre. Era difícil conversar sin recordar a Stear o a Anthony. De los Leegan fue mejor no hablar. La tía Elroy se siente muy preocupada por Neal, y aunque no me reprochó por romper mi compromiso con él, sé que si Neal comete una estupidez terminará por culparme.

Tras la cena dimos un paseo por el lago mientras la tía Elroy descansaba. Archie estuvo hablando con Albert sobre los negocios en Arabia. Pronto vendrán a Chicago los padres de Archie y se instalarán en la mansión Andrew. Eso pone nerviosa a Annie, quien apenas conoció a los padres de Archie durante el funeral de Stear. Archie bromea con Annie para tranquilizarla, pero creo que él también está nervioso, pues durante muchos años ha estado lejos de sus padres.

Pasaré esta noche con Annie en casa de sus padres, donde, por cierto, Patty se está hospedando. Albert dijo que bien pude haberme quedado en la mansión Andrew, pero prefiero estar con mis dos amigas. Mañana iremos todos juntos a la iglesia. Creo que desde que Anthony murió no había asistido en compañía de la tía Elroy. No sé por qué estoy nerviosa.

miércoles, febrero 14

Albert y Mae

Esta tarde vino Albert a verme sin avisar. ¡Qué contenta me puse al ver su sonriente rostro saludándome desde el coche! Al mismo tiempo me puse muy nerviosa, pues si bien todos estos días he estado pensando en lo que debo decirle y cómo decírselo, no estaba yo lista para verlo tan pronto. La Señorita Pony, por supuesto, no dejaba de mirarnos de manera extraña.

Albert apenas tuvo tiempo de sentarse a tomar té conmigo, pues ya era tarde. Me contó que acaba de recibir una carta de su amiga Mae, la enfermera que conoció en África. Yo aún conservo las cartas en las que Albert la menciona. Según él, Mae era tan alegre y divertida como yo. Me gustaba pensar que yo también podía ser enfermera, viajar a sitios lejanos y ayudar a las personas. Debo estar agradecida por haber podido realizar mi sueño. Si bien no trabajo en un hospital, mis niños del Hogar de Pony están sanos y felices gracias a mis cuidados.

Parece ser que Mae pronto vendrá a Chicago y Albert desea saber si me interesaría conocerla. Le contesté que sí. Le estuve haciendo preguntas sobre ella, pero no me dijo mucho. Hubo una pregunta cuya respuesta me molestó en particular: Le pregunté si Mae había tenido novio cuando estaba en África y él me respondió que sí.

- ¿Lo conociste personalmente? Quise saber yo.
- Sí, bueno, no mucho. Esa relación duró muy poco.- contestó Albert, nervioso.

No soy tonta. Pude darme cuenta de que Albert en algún momento estuvo interesado en Mae. Quizá incluso fue su novio. Sentí celos. ¿Celos? Si yo soy una cobarde que no se atreve a decirle a Albert lo que siente. Él me dijo claramente que se había enamorado de mí y yo, estúpidamente, sólo le ofrecí mi amistad. Esperaba que en nuestro siguiente encuentro me animara a hablar claro con él, pero la sombra de Mae me hizo enmudecer.

- Candy, hasta que Mae no me responda, no sé cuando podrás conocerla. Pero mientras tanto, ¿te gustaría dar un paseo por Chicago este fin de semana?

Dije que sí sin pensar, y de inmediato me arrepentí al ver la mirada de reproche de la Srita Pony.

- Hecho, vendré a recogerte el Sábado por la mañana.

Se despidió de mí desde la puerta:

- Adiós Candy, nos veremos pronto.

Se veía contento. Yo, en cambio, estoy cada vez más triste.

martes, febrero 13

Reflexiones

Estoy tranquila porque Albert pudo perdonar mi nota estúpida, y también porque me reiteró su amistad. Pero me da rabia no haberle dicho que yo también me enamoré de él y que deseo corresponderle. No sé por qué me cuesta trabajo decirlo, si nunca he tenido problemas para hablar con él.

La Señorita Pony me mira con sospecha. Yo no me atrevo a explicarle lo que siento por Albert, mucho menos contarle lo que ocurrió aquél día en la colina. Hoy, mientras lavábamos los platos después de la cena, me preguntó sobre mis sentimientos por Albert. No supe qué decirle, salvo que éramos buenos amigos.

- Candy, ¿crees que no me doy cuenta de lo mucho que te molestó que no viniera a verte con Archie y Annie?¿Que no sé que ayer fuiste a buscarlo a primera hora y que él te trajo de regreso?

- ¡Pero yo sólo quería pedirle perdón por enviarle una nota de reproche!

La Señorita Pony suspiró y negó con la cabeza.

-Hiciste bien en disculparte. Pero Candy, hay algo más que quiero que tengas en cuenta. Cuando supe que el Señor. William Andrew deseaba adoptarte, yo ignoraba su edad. Si hubiera sabido que era tan joven no lo habría permitido, Candy, pues no es normal que haya tan poca diferencia de edad entre ustedes. ¿No se te ha ocurrido pensar que él teme por su reputación? Si no viene a verte con frecuencia puede ser que no desea darle a la gente motivo de chismes. ¿Se te ha ocurrido lo que podría decir la gente, sabiendo que adoptó a una muchacha apenas ocho años menor que él, si después se sospecha que está involucrado sentimentalmente con ella?

-A Albert nunca le preocupó el qué dirán, Señorita Pony. ¿Por qué habría de importarle ahora?

- Porque ahora todos saben quién es y se siente observado. Me parece que hiciste bien en venir a vivir con nosotras. Piensa que si son buenos amigos, no debe importarte que casi nunca se vean.

Esas eran palabras muy duras, pero admito que no lo había visto así. Me pareció que era una exageración, aunque es cierto que Albert es muy joven y los socios y accionistas dudan de su capacidad. Lo mejor para él sería, en estos momentos, evitar escándalos en su vida privada.

Pero tengo la certeza de que él desea ser más que mi amigo, y yo deseo corresponderle. ¿Qué me importa lo que pueda decir la gente?

domingo, febrero 11

Sólo amigos

Hoy fui a ver a Albert. Me desperté de madrugada y cuando pasó el lechero le pedí que me llevara a Lakewood tras su última ronda. Estaba montada en su carreta cuando reconocí el coche de Albert que se aproximaba. Le hize señas para que se detuviera, de suerte que se distrajo y se salió de el camino.

Junto conmigo viajaban los hijos del lechero, quienes reían a pierna suelta. Albert estaba de mal humor, y nuestras risas no estaban como para ponerlo de buenas. Me apeé de la carreta e hice lo que pude por ayudar a Albert a empujar el coche hacia el camino otra vez.

Era evidente que iba a verme, lo cual me llenaba de emoción. Pero se refirió a mi carta de una manera tan triste que me ví en la necesidad de pedirle perdón de inmediato y prometerle que aún lo considero mi amigo. Él tomó mis manos y me pidió disculpas una vez más por besarme. ¿Qué no se da cuenta que no hay nada que disculpar? Lo que me molestó fue su actitud después del beso, actuando como si nada hubiera pasado, pero no se lo dije. Perdí la oportunidad de explicar mis propios sentimientos. Le hablé de la emoción que sentí ese día al comprender que él era el Príncipe de la Colina y estúpidamente le dije que en esos momentos no me había esperado un beso. Lo cual es absolutamente cierto, pero no debí decirlo, porque se oyó como si yo nunca hubiera deseado que me besara.

Albert me pidió que volviera a ser su amiga. Contesté que sí de inmediato. Hubiera querido decirle que yo deseaba mucho más que su amistad, que yo también estaba enamorada de él, pero me quedé sin palabras. Balbuceé apenas otra disculpa por mi carta y le reiteré mi amistad, en lugar de decirle lo que yo sentía por él. Tenía unas ganas enormes de hacerlo, pero no me salían las palabras necesarias. Finalmente, al ver que todo empeoraba, me arrojé a sus brazos. Él me devolvió el abrazo, como siempre, pero al separarnos, me miraba con tristeza.

¿Qué esperabas, Candy?¿Otro beso? ¡Debiste pedírselo! Debiste decirle que tú también lo quieres... pero no me atreví. No entiendo por qué.

Me llevó al hogar de Pony, y durante el trayecto me habló de la guerra en Europa y de los negocios de los Andrew en Arabia y de Sudáfrica. Yo no dejaba de pensar que era una idiota por no decirle que se callara y que me besara otra vez. Al llegar salté del coche de inmediato, temiendo que si lo abrazaba de nuevo iba a ser yo quien lo besara.

Debería alegrarme porque Albert aún desea ser mi amigo. En vez de ello, estuve triste todo el día y muy enojada conmigo misma por no haberle dicho a Albert lo que siento.

viernes, febrero 9

Una inmensa estupidez de mi parte

Me siento terriblemente mal. Tuve un día pésimo.
Al rato de despertarme, sentí el inconfundible sonido
de un auto llegando al hogar y voces familiares. ¡Mi
corazón dio un brinco! ¡Archie! ¡Annie! ¿y... Albert? Pero
no, Albert no vino. Hoy tampoco vino. El corazón se me
fue al piso. No me importa si tiene mucho trabajo
pendiente en Chicago... ¿no puede tomarse aunque sea
UN día libre para venir a verme?
Sea que me vea como amiga, como algo más o sólo como
su pupila, no tiene sentido lo que está haciendo.

Estaba tan decepcionada que ni quise preguntar por él,
pero igual Archie debe haber notado mi frustración,
porque enseguida comentó que Albert estaba muy ocupado
y que apenas lo ven últimamente.

No disfruté realmente de la visita de los chicos.
Ellos fueron tan cariñosos como siempre, pero yo sólo
pensaba en gritarle "¡cobarde!" a Albert.

De tanta frustración contenida, decidí enviarle un
mensaje con Archie. No le envié ninguna de las cartas
que habia empezado, sino una breve misiva que escribí
justo antes de que los chicos partieran y antes de que
yo pensara demasiado en lo que escribía.

No recuerdo exactamente que escribí, pero sé que le
dije que me sentía muy decepcionada por su ausencia,
por la ambiguedad de su carta, por sentirlo
irreconocible.

Todo este asunto de su beso y de su confuso
comportamiento me ha hecho perder el sueño y la paz,
paso de sentirme en el cielo a sentirme en el infierno
en minutos... ¡¡¡y el ni siquiera me aclara nada!!! En un
arranque de coraje, me pareció justo pagarle con la
misma moneda... enviándole una carta tan ambigua como
la suya que le hiciera caer en cuenta de lo tonto que
ha sido.

Pero al rato de que Archie y Annie se marcharan,
cuando los niños ya se fueron a acostar y yo me quedé
mirando las estrellas recostada en el tronco del Padre
árbol, me enojé conmigo misma.

Recordé aquella vez en que nos trepamos a un
árbol, cuando él decidio improvisar un picnic con el
único sandwich que llevaba, cuando nos
prometimos compartirlo todo, penas y alegrías...
Y entonces me sentí mezquina.

Si, Albert fue un tonto, no debio escribirme una carta
sino aclararme personalmente lo que ocurría. En su
carta sonaba confundido, inseguro, indeciso, ambiguo o
temeroso de mi reacción. Pero seria injusto decir que
con su carta quiso hacerme sentir mal. Mas bien lo
contrario: en una forma desesperantemente ambigua me
pidió disculpas por lo que se daba cuenta podía
haberme ofedido, a la vez que declaraba que me
quería.

Hasta dónde y en calidad de qué me quiere, aun no me
queda claro, pero me quiere, de alguna manera me
quiere. Y aunque de hecho lo esté haciendo, no es su
intención lastimarme.

Él no supo manejar las cosas, no, nada bien, pero sólo
ahora me pongo a pensar que quizás yo tampoco hubiera
estado feliz si él me hubiera venido a visitar "como
si nada", como si ese beso y abrazo nunca hubieran
ocurrido ... Y quizás también me hubiera enojado si él
hubiera sacado el tema a colación demasiado pronto,
¡aun en pleno shock, con toda esta enorme confusion en
mi cabeza!

O sea que hubiera hecho lo que hubiera hecho,
reconozco que es probable que me lo hubiera tomado un
poco a mal.

Él se comporto como niño miedoso, pero yo en cambio
¡¡como una bruja!!

Albert nunca me hirió a propósito, jamás jugó con mis
sentimientos, de hecho solo ha querido verme bien...
hasta en esta tonta carta que envió me queda claro que
él valora mi amistad por sobre todo.

Yo en cambio le escribí algo duro, cortante, que lo
hará sentirse mal por algo que obviamente *ya* lo ha
hecho sentirse mal, y encima se lo he recalcado
diciéndole que estoy decepcionada de él y he puesto en
duda que siga siendo mi querido amigo Albert de
siempre.

Fui brusca, cortante con alguien que esta actuando en
forma inmadura pero que siempre ha sido auténtico,
honesto, que siempre tuvo las mejores intenciones
conmigo.

Yo en cambio garabatee esas lineas movida por la
frustracion, le escribi con rencor por lo que me ha
hecho sentir, ¡aun si lo ha hecho sin querer!

En vez de aclarar las cosas he echado mas tinta al
agua.

En mi mensaje casi lo acusé, creo, de ya no ser el
amigo que siempre reconoci en el, pero yo misma no me
comporte como su vieja y fiel amiga en mi misiva.
Quisiera volver el tiempo atras y no haberle entregado
ese estupido papel a Archie.

¿Que pensará ahora Albert de mi? Ahora ÉL estara
decepcionado tambien de mí. Quizas más que yo de él.

Él a su manera abrió su corazon, se comportó como
un tonto pero no tuvo miedo de mostrarse vulnerable. Yo
en cambio le hablé como una bruja y no tuve el valor
de reconocer que yo no soy inmune a lo que pasó y que
también tengo sentimientos ambiguos... y miedo de
perderlo.

Ahora siento que yo tambien debo disculparme, ¡y cómo!
Pero, ¿qué hago? ¿Ir a Lakewood? ¿Qué le digo? ¿Qué decirle
si el me tendría que aclarar otras cosas primero? Pero,
¿cómo no decirle que lo siento, que estuve mal en
escribirle algo así?

Ay Candy, ¡eres tan tonta!!!!! Mas pienso en que él
se decepcione de mi y se aleje más de mí, más cuenta
me doy de que no quiero perderlo!!! y de que si quiero
que aclare las cosas, es porque en el fondo
quisiera escuchar de sus labios que realmente me ve
como mujer y no como su pequeña protegida y amiga.

Cuando pienso en la posibilidad de distanciarnos mas,
de quizas no sentir nunca mas sus abrazos... u otro
beso... siento un vacío enorme. Tan tan grande, o más,
quizás mucho más, que el que siento al recordar
aquella triste despedida en Nueva York.

Candy, ¡eres tan estupidaaaa!

Contribuido por Elena

lunes, febrero 5

Modelos de Cartas

Querido Albert:

No puedo creer que no hayas tenido las agallas los pantalones para venir en persona. Leí tu carta, y tras mucho meditar pensarlo un poco, creo que lo mejor es que no nos volvamos a ver sigamos como hasta ahora, como pupila y tutor dos buenos amigos.

Albert:


Empecé otra carta muy enojada contigo. Pero no creas que estoy enojada por lo ocurrido en la colina sigo enojada. Es que cuando esperaba verte no viniste. En cambio, mandaste esa carta, en la que dices que me quieres pero que no deseas que te corresponda. ¿Quién carambas te entiende? Si de verdad me quisieras no estarías tan resignado a ser sólo mi amigo.

Albert:

Por más que lo intento, no logro escribirte una carta sin enojarme. Y es que fue una gran decepción para mí el que no vinieras a verme y que me mandaras una simple carta. Si tenía ganas de verte, Albert, es porque yo también te quiero siento algo por ti necesito aclarar lo que nos pasa y sólo viéndote a los ojos podré saber si podremos ser amigos de nuevo, o quizás algo más.

Es inútil. Por más que quiero escribirle una carta a Albert no logro nada coherente.