martes, febrero 27

El pasado amoroso de Albert

Hoy he estado pensando mucho en Albert, y los motivos que pudo tener para darle mis datos a James Cuthbert. Algo me dice que desea olvidarse de mí.

Cuando Albert me contó por primera vez de Mae y de su venida a Chicago, no me sentí particularmente molesta, excepto que noté su nerviosismo al preguntarle por el novio de ella. Ahora me arrepiento de haber confirmado su noviazgo con ella el Domingo pasado. No tenía por qué interrogar a Albert, al fin y al cabo, él no es de andar preguntando ni metiéndose en la vida de otros. El sabe escuchar, pero no es metiche, lo que es muy diferente. A pesar de todo, me confortaba su énfasis en que Mae ya no era más que su amiga.

Pero cuando la ví, cuando ví cómo se saludaron, cómo se llevan, la complicidad que existe entre ellos, me asaltó la duda que ya casi es certeza de que siguen queriéndose. Y eso me hace hervir la sangre de coraje.

Me hace sentir mal tanto pensar en el romance que tuvieron como el reconocer que mi reacción es totalmente irracional e injusta. ¿Con qué derecho reprocharle el haber tenido una novia? De hecho, aunque no nos llamáramos de "novios", yo misma tuve dos grandes romances. Estuve profundamente enamorada de Anthony y luego de Terry.

Anthony me abrazó, me dio un beso en la mejilla... y apenas tenía yo doce y trece años. Terry me besó. Robado o no, me dió un beso. No un besito. Un beso de enamorados, en la boca. Y me abrazó con fuerza en el triste día que nos dijimos adiós, en las escaleras.

Albert nunca me preguntó si Anthony o Terry me habían besado o qué. Fui yo quien le contó todo porque sentía confiaza con él. En cambio él no me dio detalles de su noviazgo con Mae. Quiero saberlo todo. Y sin embargo no quiero saber nada.

Todavía recuerdo lo que se sentía estar enamorada, las mariposas en el estómago, ver a la persona querida hasta en la sopa... y cómo el más ligero contacto físico hacía que mi corazón batiera como loco.

El beso de Terry fue un beso robado que en realidad me molestó en su momento. Fue algo tan rápido que ni recuerdo cómo se sintió. Pero sí recuerdo las cosquillas que me daban en el estómago al sólo pensar que él se sintiera tan atraído por mí como para hacer eso.

Y cuando pienso en Albert enamorado o sintiendo o haciendo esas cosas... ¡el corazón me da un vuelco! ¡Me dan ganas de llorar!

Sé que lo que pienso y digo no tiene sentido. Albert es bastante mayor que yo. ¡Claro que debe de haber tenido más de una novia! ¡Al menos debe haber estado enamorado de alguien alguna vez! ¡Tiene que haber suspirado por alguien, besado a alguien... !Aaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡No soporto ni la idea!

Creo que me malacostumbré. Mientras yo le contaba de mis enamorados, él escuchaba pero nunca contaba de sus cosas, de sus historias. Me acostumbré a ser el centro de su atención, la única mujer, aparte de su querida hermana, de quien hablaba.

¡Qué estúpida! ¡Qué orgullosa soy! ¡Me creía la única mujer de su vida! Sin siquiera detenerme a pensarlo, pero sea como amiga, hermana, pupila, enamorada, lo que fuera... siempre pensé que era *la* mujer en la vidad de Albert ... todavía me siento como tal y todavía me creo con el derecho de reclamarlo como "mío", ahora que veo que él sí pudo y puede tener un vínculo tan o más estrecho que el que tiene conmigo con otra mujer.

Albert no siempre fue "mío", ni lo es, ni tiene por qué serlo. Pero no puedo asimilar esa idea. Podría llegar a aceptar que él no estuviera tan enamorado de mí como esa carta parecía indicar y que quedásemos como amigos ... pero la posibilidad, en cambio, de que se enamore de otra y de que sea por lo que fuere, otra mujer ocupe igual o más espacio en su corazón que yo me da ganas de........ ni sé de qué.

Hoy me vino a la mente la imagen de Mae y él abrazados, como se abrazaron al encontrarse en el parque, pero todos los días... y contándose su vida todos los días... y me sentí fatal. Tanto que la Señora Pony se dio cuenta y me preguntó si me sentía yo bien.

Soy un manojo de nervios, me impaciento por todo y uno de estos días la Hermana María se cansará, y por más que ya sea una señorita, me pondrá en penitencia como a cualquiera de los niños.


Por Elena

jueves, febrero 22

Más cartas

Esta mañana recibí otras dos cartas, para sorpresa de la Señorita Pony quien quiso saber si me traigo algo entre manos. Una era una carta de Annie, la cual incluyo aquí:

Candy,

En cuanto recibí tu carta le pedí a mi padre que me llevara a verte, pero olvidé que teníamos ya un compromiso familiar. Sin embargo, estuvo de acuerdo en enviar un mensajero con esta carta que estoy escribiendo a toda velocidad para que te llegue cuanto antes.

Candy, me asombra todo lo que me relatas. Nunca pensé que vieras en Albert más que a un hermano mayor. Pero la camaradería y el cariño entre ustedes era patente, y no me sorprende que Albert buscara algo más y por eso te haya besado. ¿De verdad estás enamorada de él? Si es así, debiste decírselo ese mismo día, pues tal vez Albert ahora piense que no quieres nada con él. Por lo menos no lo abofeteaste, como hiciste con Terry.

No le hagas caso a la Señorita Pony. A Albert nunca le ha importado lo que opinen de él, y me parece de lo más romántico pensar que ustedes dos se casen algún día. Candy, no todo está perdido. Si puedes, habla con él de nuevo y dile que lo quieres. Yo sé que es muy difícil poner tu corazón en una bandeja sin saber si será rechazado o no. A mí me sucedió con Archie pero no me arrepiento de haberle confesado mi amor. Ahora estamos muy contentos juntos.

En cuanto a esa enfermera, no sé qué decirte, pues casi no me cuentas nada de ella. Es normal que habiendo estado juntos por un tiempo se conozcan bien, pero tú viviste con él todos esos meses bajo el mismo techo, y seguramente lo conoces mucho mejor.

No tengas miedo a hablar de tus sentimientos Candy. ¡Ánimo!

Te quiere,

Annie.

El segundo mensaje lo trajo George. Era de Albert, escrito con prisa y sin ganas, y no tuve inconveniente en mostrárselo a la Señorita Pony. Tan sólo decía que le había dado mis datos al Señor James Cuthbert para que viniera a verme, y me invitaba también a pasar el fin de semana con Mae.

Sin ganas, le escribí una respuesta a Albert diciendo que aceptaba su invitación, pero también le escribí otro mensaje a Annie aprovechando que George iba a Chicago.

Annie:

Muchas gracias por tu mensaje. Este fin de semana voy a estar en Chicago con Albert y con Mae. ¿Puedo quedarme en tu casa? Tengo deseos de charlar contigo.

Con cariño,

Candy

Le conté a la Señorita Pony que Mae era la novia de Albert en África. Eso la dejó muy satisfecha. Yo, en cambio, estoy bastante a disgusto con Albert. No se molestó en explicarle nada al Señor Cuthbert y en cambio le dio mis datos para que fuera yo quien tuviera que aclarar el asunto.

Por cierto, el interfecto vino, efectivamente, por la tarde. Si bien es evidente que nunca había estado en un sitio tan humilde, se comportó muy bien. Lo recordé de inmediato, pues su mirada me hizo sentir muy incómoda cuando nos presentaron. Se quedó a tomar el té y la Señorita Pony nos dejó solos.

No dejaba de admirarse de que una Andrew viviera en un sitio tan inhóspito y yo le dije fríamente que, aunque había sido adoptada por los Andrew, yo misma había crecido y vivido mi infancia en ese orfanatorio. Se sorprendió muchísimo al saberlo, pero no por ello dejó de alabar mi nobleza al volver al sitio donde crecí siendo que ahora formaba parte de una familia prominente.

Yo estaba muy incómoda y deseosa de que se fuera. Le expliqué que en realidad los lazos que me unen a los Andrew son más bien amistosos, y que no me considero parte de la familia. El seguía insistiendo que yo era una persona excepcional y que se sentía honrado de haberme conocido. Quería que nos viéramos de nuevo y le comenté que iría a Chicago este fin de semana. Prometió ponerse de acuerdo con Albert para vernos y se despidió. Pensé que nunca se iría.

Albert, ¿por qué me metes en estos aprietos? ¿No dijo Albert en su carta que se había enamorado de mí? Sin embargo, nunca dijo que fuera a insistir en buscar mi amor. Tal parece que prefiere que quedemos como amigos a pesar de todo, y que no tiene inconveniente en que alguien más me corteje. No puedo soportarlo, menos mal que veré a Annie este fin de semana. Ella sabrá aconsejarme.

lunes, febrero 19

Dos cartas

Esta tarde se presentó George en el hogar de Pony, trayendo una carta para mí que alguien llevó por error a la residencia Andrew. Antes de que se fuera, le pedí a George que le llevara una carta a Annie de mi parte, y él pacientemente esperó a que la termiase de escribir:

Querida Annie:

Te extrañará que te escriba de repente, pero de verdad necesito hablar con alguien.

Annie, tu sabes que Albert y yo hemos sido amigos desde que yo era niña y trabajaba en los establos de los Leegan. Fue él quien decidió adoptarme como una Andrew y darme una educación, pero yo no lo supe hasta mucho después. Hay algo más que no te he dicho, y es que de niña, cuando a ti te acababan de adoptar los Brighten, conocí a un muchacho en la colina de Pony. Apenas hablamos, pero durante muchos años soñé con encontrármelo de nuevo. Pues bien, ese muchacho era también Albert. Lo supe el día que regresé al Hogar de Pony. Ese día Albert me besó en la colina. Fue un instante nada más, y después no pudimos ni hablar, pues ambos estábamos avergonzados. Poco después me escribió una carta disculpándose.

Annie, lo cierto es que yo estoy enamorada de Albert, pero no sé cómo decírselo. Dime, ¿qué debo hacer? La Señorita Pony no sabe nada de esto, pero me dio a entender que Albert y yo no debemos vernos muy seguido para que la gente no se imagine cosas. ¿Tú qué opinas? ¿Qué harías en mi lugar?

Hay algo más: Cuando Albert viajó al África, tuvo una novia que era enfermera. Tal vez recuerdes que la mencionaba en las cartas que me enviaba. Ella acaba de llegar a Chicago. Albert dice que ahora son sólo amigos, pero me molesta que no me hubiera dicho desde un principio que fueron novios. Yo la conocí y me parece que hay demasiada familiaridad entre ellos. ¿Crees que es muy tarde para mí?

Annie, por favor ven a verme, o escríbeme una respuesta cuanto antes. Necesito tu ayuda.

Un abrazo,

Candy

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Una vez que se fue George, abrí la carta que me fue enviada a la residencia Andrew. Está, efectivamente, dirigida a Candice Andrew, y no tiene remitente. Al abrirla me sorprendí muchísimo. La escribe un tal James Cuthbert:

Señorita Candice:

Le pido disculpe mi atrevimiento al escribirle personalmente, siendo que apenas fuimos presentados hace un par de días. Yo ignoraba que el Sr. William Andrew tuviera una hermana tan hermosa. Me habría gustado mucho invitarlos a ambos a tomar un café para conocernos mejor, pero al parecer William tenía prisa por irse.

¿Le molestaría que fuese yo a visitarla a su casa? Mi relación con su hermano es estrictamente de negocios, pero me gustaría mucho también entablar amistad con usted.

Puede, si así lo desea, enviarme una respuesta con su hermano, a quien yo pienso visitar en su oficina el día de mañana.

Quedo de usted,

James Cuthbert

Madre mía, y ¿ahora qué hago? Cree que soy hermana de Albert y que vivo con la tía Elroy. No sabe que no soy más que una enfermera que trabaja en el mismo orfanatorio donde creció. Si hubiese abierto la carta estando aquí George habría podido mandarle un mensaje, e incluso pude haberle escrito algo a Albert, pero ya es muy tarde. No tengo otro remedio que regresar a Chicago, pero mañana me es imposible. ¿Qué pasará cuando el Señor Cuthbert le pida mi respuesta a Albert y él le diga que no sólo soy una huérfana que él recibió en la familia?

domingo, febrero 18

Soy una chiquilla

Me he sentido muy mal últimamente por mi comportamiento en Chicago. No hay nada que justifique mi estúpida, infantil, inmadura e irracional reacción. Todavía me siento insegura y celosa, pero también avergonzada y preocupada... preocupada porque creo que si ya mi tonta carta del otro día era como para que Albert se entristeciera y me considerara injusta, mi comportamiento de ayer lo debe haber decepcionado de mí aún más.

Sé que nos perdonamos por nuestras respectivas estupideces cuando todo ese lío de las cartas. Pero he metido la pata otra vez. No tenía motivos para mostrarme tan grosera con su amiga, y menos que menos para casi gritarle que se callara y me dejara en paz, que me tenían harta sus historias...

Me cansé de llorar y llorar y llorar. Solo quiero olvidarme de todo esto. Hacer de cuenta que no pasó nada, dejar que pase el tiempo, esperar que él olvide lo que pasó o que de alguna manera todo este problemón se resuelva. Pero entonces me viene a la cabeza Mae, y me parece que no debo perder más tiempo, pues su presencia hará imposible que él piense mucho en mí o me extrañe... es más, Mae lo alejará aún más de mí, estoy segura.

Por más rabia que me dé reconocerlo, es lo más lógico del mundo que Albert en algún momento se haya fijado en Mae como mujer. Si es que no la sigue viendo así. Aghhhh. En realidad lo que no es tan lógico es que se haya fijado en mí en algún momento. Mae es toda una mujer, yo, una chiquilla. Y ahora que ella está "ahí", cerca de él, con su insoportable simpatía y buen humor... y su belleza de mujer, no de niña... ¿cómo podría él no notar la diferencia entre nosotras? Con Mae al lado, yo desaparezco.

Lo peor es que no sólo es bonita. Es divertida, simpática, alegre, trabajadora y todas esas virtudes que Albert aprecia tanto. Se conocen bien, tienen historias en común, se aceptan tal como son. ¡Y de seguro se atraen mutuamente! Albert es taaaaan buen mozo. Por supuesto que Mae debe pensar lo mismo. Y cuando se encontraron y la vio con su elegante vestido, el propio Albert le dijo a Mae que se veía muy bonita.

Aggghhh.

¡Y claro que lo es! Pude notar que en la confitería más de uno de los jóvenes presentes, luego de que les llamara la atención su risa contagiosa, se le quedaban mirando embobecidos. Tiene una cara muy bonita. Tiene algunas pecas, como yo. Pero muchas menos, casi no se le notan y quién las notaría de todas maneras con esos rasgos tan bonitos. Su nariz es pequeña y recta... le da un perfil clásico, elegante... no el perfil de niñita que me da mi nariz respingada. Sus ojos son de un hermoso color miel y sumamente expresivos, con esas enormes pestañas oscuras que les
dan un aire misterioso.

Su cabello es abundante, luce sedoso con ese tono cobrizo. No parece una mata de pelo indomable semirecogido con unas cintas en algo que termina luciendo como coletas de niña, como en mi caso. Encima, con sus continuas risas, atrae atención hacia sus perfectamente formados labios y su brillante sonrisa. Yo en cambio tengo los labios un poco más finos y si bien me río mucho, mi risa es más escandalosa, menos cristalina que la suya.

Es más alta que yo. Al lado de Albert queda muy bien. Él es tan alto y juntos parecen una pareja hecha el uno para el otro. Es delgada. Bueno, yo también. Pero ella es delgada con curvas donde tiene que haberlas. Yo también tengo mis curvas, pero no soy tan exhuberante como ella y la ropa que uso no sirve en nada para realzar mis atributos.(¿¡Por qué nunca aprendía de Annie!? ella siempre me incentivó a ser más coqueta!)

Antes ni me fijaba en eso y si me fijaba, no me importaba. Pero ahora me miro al espejo y me veo flacucha, mi busto de golpe se me hace pequeño y se me hace que mis caderas no son lo suficientemente anchas como para realzar mi pequeña cintura. La mayoría de los hombres debe pensar que soy una chiquilla.

¡Y yo que me ofendí aquella vez con el frutero que me trató de "señora" mientras Albert a lo lejos oía, cuando fui al mercado por frutas! Me hizo sentir una vieja! y sin embargo, qué daría hoy por que alguien me viera y tratara realmente como una mujer!

¿Cómo competir con la belleza y encanto de Mae? ¡Ja! Llevo todas las de perder.

¡Ya no quiero que me vean como a una jovencita! ¡No quiero sentirme tan chiquilla al lado de alguien como Mae! ¡No! Será por orgullo y vanidad más que por otra cosa, ¡pero no quiero!

Tengo que visitar a Annie y de alguna manera pedirle que me ayude a pulir mi aspecto, a verme un poco más adulta. Aunque seguramente ya sea tarde para que Albert lo note, menos que menos con Mae al lado!

Por primera vez en mi vida me siento insegura y sin saber qué hacer. Deseo hablar con Annie, contarle todo y pedirle su consejo. Ella fue muy valiente al confesar su amor por Archie. ¿Por qué no puedo hacer lo mismo con Albert? ¡Quiero gritar de rabia! ¿Pero a quién y por qué? ¿Gritarle a Albert o a mí misma? ¿O a Mae?

Por Elena

sábado, febrero 17

La Intrusión de Mae

Hoy fue un día horrendo. Parecía que empezaba bien, pues uno de los granjeros de la zona necesitaba llevar un cargamento a Chicago y se ofreció a llevarme. Eso me daba la oportunidad de ir a visitar al Dr. Martin y de paso ir de compras con Annie, pues los chicos necesitan ropa nueva. Pensé que también podía visitar a Albert y pedirle que me trajera de regreso. Me hacía ilusión pensar que tal vez podría explicarle mejor cómo me siento, pero no fue así.

Albert no estaba solo en su oficina, aunque yo no me di cuenta y me arrojé a sus brazos diciéndole que lo había extrañado. Él me dijo, en voz muy bajita: "yo también, princesa". En eso se nos acercaron unos caballeros que estaban con Albert, y él me introdujo simplemente como "Candice Andrew". Sin embargo, no los presentó a ellos. Uno en particular me clavó la mirada y me hizo sentir muy incómoda. Cuando por fin se fueron, me dí cuenta de que Albert no deseaba que la gente supiera que yo era su pupila. Resulta que las sospechas de la Señorita Pony tienen fundamento.

Albert sugirió ir al zoológico y yo asentí. No hablamos mucho en el camino pero al llegar al zoológico me armé de valor y le pedí perdón por presentarme en su oficina sin avisar y darle molestias. Él no pudo responderme, porque una mujer nos interrumpió dando voces, emocionada.

Era Mae, la ex-novia de Albert. Adelantó su venida a Chicago y lo primero que hizo fue buscarlo. Lo más extraño fue comprobar que Mae no es una refinada señorita de sociedad, sino una persona sencilla y sin tapujos. Me extendió la mano pero al acercarse tropezó con sus propias faldas. A mí me dio pena, pero a Albert le dio risa. ¡El muy maleducado! Pero Mae, en lugar de enojarse con él, rió y dijo que seguía siendo una mona. La familiaridad con la que habla con Albert me da envidia. Parecen más que viejos amigos. Mae mostraba mucho interés en mí y me hizo sentir incómoda. Cuando Albert nos presentó dijo que había pensado que yo era una chiquilla. ¿Qué le habrá dicho Albert de mí? Sentí cómo me subía la sangre a la cabeza y me dieron ganas de salir corriendo.

Nos fuimos a tomar un helado a una confitería. Mae nos contó que adelantó su llegada a Chicago para familiarizarse con la ciudad antes de empezar a trabajar en el hospital Santa Ana. Cuando fue a buscar a Albert y George le dijo que se había ido temprano, se le ocurrió que podría encontrarlo en el zoológico. Esto último me hizo ver que Mae conoce muy bien a Albert, pues yo habría hecho lo mismo. Mae me hacía muchas preguntas sobre mi huida del Colegio San Pablo. Se sorprendió al saber que yo sola había costeado mis estudios trabajando a la vez como estudiante, y que fui la única que acogió a Albert cuando perdió la memoria. Supo también que me vi obligada a renunciar a mi trabajo en el hospital cuando se enteraron de que vivía con Albert. Ese es un tema del que prefiero no hablar, pero ella insistía en ello. En un momento pude notar que le guiñaba un ojo a Albert y a partir de ahí se pusieron a hablar de los momentos que compartieron en la clínica de África. Yo estaba muy descorazonada al ver lo mucho que tienen en común. Sé que interrumpieron su noviazgo por mi culpa, y pienso que ahora tal vez traten de recuperar el tiempo perdido. Pero, ¿no decía Albert que me amaba? Quizá al sentir mi rechazo busque el amor en otro sitio, y quien mejor que Mae, con quien ya ha tenido un romance antes.

Mae va a hospedarse en casa de una tía, a donde la fuimos a llevar antes de volver al Hogar de Pony. En el camino de regreso, Albert no dejaba de hablar de ella. Hubo un momento en que no pude más y le pedí que guardara silencio porque estaba yo muy cansada.

La verdad es que sí estaba cansada, pero también muy confusa. Me imaginaba a Mae como una persona más seria, un poco como la hermana María. Y aunque Albert me dijo que eran amigos, no me esperé que se conocieran tan bien. Me tortura saber que alguna vez fueron novios. ¿No será que Mae vino a Chicago dispuesta a recuperar su cariño?

Quise dormirme durante el trayecto a casa pero aunque tenía cerrados los ojos no podía dejar de pensar en Mae y la familiaridad con la que habla con Albert, en lo bonita que es y lo mucho que tienen en común.

Llegando al Hogar de Pony me despedí a toda prisa, pues no quería hablar más. Fui muy torpe. Debí darle por lo menos las gracias.

viernes, febrero 16

Domingo

Hoy nos levantamos temprano para ir a la iglesia. Me sentí muy extraña yendo con toda la familia. La tía iba toda de negro y con un velo en la cabeza. Sigue guardando luto por Stear. Después de la misa volvió sola a la residencia de los Andrew y los demás nos quedamos paseando por el centro de Chicago. Almorzamos y después me despedí de mis dos amigas y de Archie, pues deseaba volver temprano al Hogar de Pony.

En el trayecto, cuando por fin estuve sola con Albert, no pude resistir la necesidad de preguntar:

- ¿Albert, cuando estabas en África, fuiste novio de Mae?

Albert casi se sale del camino de un sobresalto.
-No te puedo mentir Candy. Debí decírtelo antes, ¿verdad?
- Es igual. Pude darme cuenta por cómo reaccionaste el otro día.
-¿Ves por qué digo que nadie me conoce como tú? Es verdad, fuimos novios un tiempo, pero terminamos cuando yo me fui de África.

- Y, ¿por qué te fuiste? - quise saber.

Mi pregunta pareció sorprenderle.

- Me fui a buscarte, Candy. En cuanto supe por George que habías huido del Colegio San Pablo abandoné todo. Tuve mucho miedo por ti. No logré encontrarte, y en cambio estalló la guerra en Europa y yo sufrí el accidente que me hizo perder la memoria. Terminaste siendo tú quien me cuidó a mí.

Lo dijo con una sonrisa, como si le alegrara que hubiéramos terminado juntos. Yo no estaba satisfecha y quise saber más.

- Pero, ¿terminaste con Mae en algún momento?

- El mismo día que supe de tu huida terminamos. Ella no entendía por qué yo tenía que ir a buscarte, y creo que no me molesté mucho en explicárselo.

- Pero cuando por fin te recuperaste y volviste con la familia Andrew, ¿Te arrepentiste de haberla dejado? ¿no intentaste buscarla?

Albert frunció el seño.

- Nunca. Sólo pensaba en ti.- Al decir esto se sonrojó.- Ya sé que suena extraño Candy, pero es verdad. Desde aquélla vez que casi te ahogas y yo te rescaté, me sentí responsable por ti. A partir de entonces hice todo lo que pude por que tuvieras una vida mejor, y me tomé muy en serio esa promesa. Mi error fue que nunca hablé con Mae al respecto. Tampoco le hablé de las enormes responsabilidades que ya me agobiaban desde entonces. Ella deseaba quedarse para siempre en África. Yo, en cambio, sabía que tendría que volver a Chicago tarde o temprano, pero no le explicaba por qué.

- ¿Por qué no lo hiciste?

- Yo qué sé. Ahora me arrepiento de no haber hablado más con ella, pero ya es tarde. Tal vez, si nos hubiéramos comunicado mejor, habríamos sido una buena pareja, pero ella cree que nunca debimos ser más que amigos.

Terminó su frase con un hilo de voz, como si le doliera contármelo. Cambié de tema. Hablamos de Poupée y de los extraños animales de África. Hablamos de mil cosas más hasta que llegamos al Hogar de Pony cuando el sol ya se había ocultado.

- Gracias por venir, Candy.- Me dijo.

No supe qué decirle, sólo lo miré sin saber qué esperarme. Él bajó la mirada.

- Vendré a verte en cuanto tenga noticias de Mae.

Bajé del coche con los pies de plomo, dándome cuenta de que había perdido otra oportunidad de expresarle lo que siento. Me despedí sin ganas y al entrar al Hogar solté el llanto.

jueves, febrero 15

Sábado

La Señorita Pony debería estar tranquila. Cuando Albert habló de dar un paseo por Chicago, en ningún momento especificó que estaríamos los dos solos. Albert vino a recogerme acompañado por Patty, Annie y Archie. Me informaron que los Leegan se fueron ayer a Florida y que deseaban celebrarlo. Hicimos un picnic en el parque de Chicago y puedo decir que estuve muy contenta de estar con todos ellos. Lo único que me puso nerviosa fue cuando Albert y Archie me pidieron que cenara con ellos y con la tía Elroy en la residencia Andrew.

La tía fue muy cortés conmigo y me agradeció una vez más el que hubiese cuidado a Albert durante su convalescencia. Me da rabia saber que ella sabía perfectamente bien que me iban a despedir porque Neil se lo dijo. Si hubiera intercedido por mí, no sólo no me habrían despedido sino que además ella habría encontrado a Albert mucho antes.

Pero no se puede cambiar el pasado, y debo agradecer que por lo menos ahora podemos sentarnos a comer en la misma mesa. No puedo decir que haya sido una comida alegre. Era difícil conversar sin recordar a Stear o a Anthony. De los Leegan fue mejor no hablar. La tía Elroy se siente muy preocupada por Neal, y aunque no me reprochó por romper mi compromiso con él, sé que si Neal comete una estupidez terminará por culparme.

Tras la cena dimos un paseo por el lago mientras la tía Elroy descansaba. Archie estuvo hablando con Albert sobre los negocios en Arabia. Pronto vendrán a Chicago los padres de Archie y se instalarán en la mansión Andrew. Eso pone nerviosa a Annie, quien apenas conoció a los padres de Archie durante el funeral de Stear. Archie bromea con Annie para tranquilizarla, pero creo que él también está nervioso, pues durante muchos años ha estado lejos de sus padres.

Pasaré esta noche con Annie en casa de sus padres, donde, por cierto, Patty se está hospedando. Albert dijo que bien pude haberme quedado en la mansión Andrew, pero prefiero estar con mis dos amigas. Mañana iremos todos juntos a la iglesia. Creo que desde que Anthony murió no había asistido en compañía de la tía Elroy. No sé por qué estoy nerviosa.

miércoles, febrero 14

Albert y Mae

Esta tarde vino Albert a verme sin avisar. ¡Qué contenta me puse al ver su sonriente rostro saludándome desde el coche! Al mismo tiempo me puse muy nerviosa, pues si bien todos estos días he estado pensando en lo que debo decirle y cómo decírselo, no estaba yo lista para verlo tan pronto. La Señorita Pony, por supuesto, no dejaba de mirarnos de manera extraña.

Albert apenas tuvo tiempo de sentarse a tomar té conmigo, pues ya era tarde. Me contó que acaba de recibir una carta de su amiga Mae, la enfermera que conoció en África. Yo aún conservo las cartas en las que Albert la menciona. Según él, Mae era tan alegre y divertida como yo. Me gustaba pensar que yo también podía ser enfermera, viajar a sitios lejanos y ayudar a las personas. Debo estar agradecida por haber podido realizar mi sueño. Si bien no trabajo en un hospital, mis niños del Hogar de Pony están sanos y felices gracias a mis cuidados.

Parece ser que Mae pronto vendrá a Chicago y Albert desea saber si me interesaría conocerla. Le contesté que sí. Le estuve haciendo preguntas sobre ella, pero no me dijo mucho. Hubo una pregunta cuya respuesta me molestó en particular: Le pregunté si Mae había tenido novio cuando estaba en África y él me respondió que sí.

- ¿Lo conociste personalmente? Quise saber yo.
- Sí, bueno, no mucho. Esa relación duró muy poco.- contestó Albert, nervioso.

No soy tonta. Pude darme cuenta de que Albert en algún momento estuvo interesado en Mae. Quizá incluso fue su novio. Sentí celos. ¿Celos? Si yo soy una cobarde que no se atreve a decirle a Albert lo que siente. Él me dijo claramente que se había enamorado de mí y yo, estúpidamente, sólo le ofrecí mi amistad. Esperaba que en nuestro siguiente encuentro me animara a hablar claro con él, pero la sombra de Mae me hizo enmudecer.

- Candy, hasta que Mae no me responda, no sé cuando podrás conocerla. Pero mientras tanto, ¿te gustaría dar un paseo por Chicago este fin de semana?

Dije que sí sin pensar, y de inmediato me arrepentí al ver la mirada de reproche de la Srita Pony.

- Hecho, vendré a recogerte el Sábado por la mañana.

Se despidió de mí desde la puerta:

- Adiós Candy, nos veremos pronto.

Se veía contento. Yo, en cambio, estoy cada vez más triste.

martes, febrero 13

Reflexiones

Estoy tranquila porque Albert pudo perdonar mi nota estúpida, y también porque me reiteró su amistad. Pero me da rabia no haberle dicho que yo también me enamoré de él y que deseo corresponderle. No sé por qué me cuesta trabajo decirlo, si nunca he tenido problemas para hablar con él.

La Señorita Pony me mira con sospecha. Yo no me atrevo a explicarle lo que siento por Albert, mucho menos contarle lo que ocurrió aquél día en la colina. Hoy, mientras lavábamos los platos después de la cena, me preguntó sobre mis sentimientos por Albert. No supe qué decirle, salvo que éramos buenos amigos.

- Candy, ¿crees que no me doy cuenta de lo mucho que te molestó que no viniera a verte con Archie y Annie?¿Que no sé que ayer fuiste a buscarlo a primera hora y que él te trajo de regreso?

- ¡Pero yo sólo quería pedirle perdón por enviarle una nota de reproche!

La Señorita Pony suspiró y negó con la cabeza.

-Hiciste bien en disculparte. Pero Candy, hay algo más que quiero que tengas en cuenta. Cuando supe que el Señor. William Andrew deseaba adoptarte, yo ignoraba su edad. Si hubiera sabido que era tan joven no lo habría permitido, Candy, pues no es normal que haya tan poca diferencia de edad entre ustedes. ¿No se te ha ocurrido pensar que él teme por su reputación? Si no viene a verte con frecuencia puede ser que no desea darle a la gente motivo de chismes. ¿Se te ha ocurrido lo que podría decir la gente, sabiendo que adoptó a una muchacha apenas ocho años menor que él, si después se sospecha que está involucrado sentimentalmente con ella?

-A Albert nunca le preocupó el qué dirán, Señorita Pony. ¿Por qué habría de importarle ahora?

- Porque ahora todos saben quién es y se siente observado. Me parece que hiciste bien en venir a vivir con nosotras. Piensa que si son buenos amigos, no debe importarte que casi nunca se vean.

Esas eran palabras muy duras, pero admito que no lo había visto así. Me pareció que era una exageración, aunque es cierto que Albert es muy joven y los socios y accionistas dudan de su capacidad. Lo mejor para él sería, en estos momentos, evitar escándalos en su vida privada.

Pero tengo la certeza de que él desea ser más que mi amigo, y yo deseo corresponderle. ¿Qué me importa lo que pueda decir la gente?

domingo, febrero 11

Sólo amigos

Hoy fui a ver a Albert. Me desperté de madrugada y cuando pasó el lechero le pedí que me llevara a Lakewood tras su última ronda. Estaba montada en su carreta cuando reconocí el coche de Albert que se aproximaba. Le hize señas para que se detuviera, de suerte que se distrajo y se salió de el camino.

Junto conmigo viajaban los hijos del lechero, quienes reían a pierna suelta. Albert estaba de mal humor, y nuestras risas no estaban como para ponerlo de buenas. Me apeé de la carreta e hice lo que pude por ayudar a Albert a empujar el coche hacia el camino otra vez.

Era evidente que iba a verme, lo cual me llenaba de emoción. Pero se refirió a mi carta de una manera tan triste que me ví en la necesidad de pedirle perdón de inmediato y prometerle que aún lo considero mi amigo. Él tomó mis manos y me pidió disculpas una vez más por besarme. ¿Qué no se da cuenta que no hay nada que disculpar? Lo que me molestó fue su actitud después del beso, actuando como si nada hubiera pasado, pero no se lo dije. Perdí la oportunidad de explicar mis propios sentimientos. Le hablé de la emoción que sentí ese día al comprender que él era el Príncipe de la Colina y estúpidamente le dije que en esos momentos no me había esperado un beso. Lo cual es absolutamente cierto, pero no debí decirlo, porque se oyó como si yo nunca hubiera deseado que me besara.

Albert me pidió que volviera a ser su amiga. Contesté que sí de inmediato. Hubiera querido decirle que yo deseaba mucho más que su amistad, que yo también estaba enamorada de él, pero me quedé sin palabras. Balbuceé apenas otra disculpa por mi carta y le reiteré mi amistad, en lugar de decirle lo que yo sentía por él. Tenía unas ganas enormes de hacerlo, pero no me salían las palabras necesarias. Finalmente, al ver que todo empeoraba, me arrojé a sus brazos. Él me devolvió el abrazo, como siempre, pero al separarnos, me miraba con tristeza.

¿Qué esperabas, Candy?¿Otro beso? ¡Debiste pedírselo! Debiste decirle que tú también lo quieres... pero no me atreví. No entiendo por qué.

Me llevó al hogar de Pony, y durante el trayecto me habló de la guerra en Europa y de los negocios de los Andrew en Arabia y de Sudáfrica. Yo no dejaba de pensar que era una idiota por no decirle que se callara y que me besara otra vez. Al llegar salté del coche de inmediato, temiendo que si lo abrazaba de nuevo iba a ser yo quien lo besara.

Debería alegrarme porque Albert aún desea ser mi amigo. En vez de ello, estuve triste todo el día y muy enojada conmigo misma por no haberle dicho a Albert lo que siento.