sábado, junio 7

Más consejos de la Srita. Pony

Cómo me arrepiento de no haber quedado en nada con Albert. Me muero de ganas de estar otra vez con él, pero no veo cómo. Lo mejor es esperar hasta mañana, tal vez consiga que alguien me lleve a Lakewood. Hoy estuve jugando con los niños y tratando de que no notaran lo distraída que estoy. La hermana María no me dice nada, pero a menudo noto que la Señorita Pony me observa, a veces preocupada, a veces de seño fruncido, como enojada.

Estaba lavando los platos de la cena cuando me preguntó si este fin de semana vería a Albert. Le dije que no lo sabía. Me recomendó una vez más que cuidara las apariencias y que no le creara problemas al Sr. Andrew. ¡Qué fastidio! ¿Por qué de pronto se fija en esas cosas, siendo que ella siempre me impulsó a ser como yo quisiera? Nunca le molestó mi amistad con Albert, ni siquiera cuando supo que se trataba del tío William. Sólo cuando se enteró de la historia del Príncipe de la Colina empezó con esta actitud tan rara en ella.

viernes, junio 6

¿En qué me quedé?

A ver, a barrer un poquito.... ¡Uf! cómo se acumula el polvo después de un año. Casi ni dan ganas de empezar otra vez. Pero llegó el verano, el trabajo aburre un poco y ahora es cuando hay tiempo de dejar suelta a la musa. Claro que a estas alturas ya nadie está leyendo esta historia y me pregunto si habría que terminarla y empezar una nueva o seguir como hasta ahora. Lo voy a pensar.

lunes, abril 9

El cambio en mí

La Señorita Pony y la hermana María siguen enojadas conmigo. Más la primera que la segunda, quizás por nuestras conversaciones anteriores sobre no frecuentar mucho a Albert. ¿Cómo mantenerme lejos de él, si nos amamos? El problema va a ser explicarlo todo. ¡Menudo lío! Es verdad que tener un padre adoptivo apenas unos años mayor complica mucho las cosas. Pero yo no supe la verdadera identidad de mi tutor hasta mucho después, y para entonces, me parece, yo ya estaba enamorada de Albert. En cuanto a Albert, creo que se enamoró de mí cuando aún no recordaba su pasado, y no sabía qué clase de lazos nos unían. Debo preguntárselo cuando lo vea.

Pero sea cual sea la respuesta, no me importa. Estoy feliz y creo que me lo notan todos. Sobretodo los niños, que son muy perceptivos y que presenciaron mis depresiones del lunes y el martes. Ellos saben que algo ha cambiado pero no me preguntan nada, simplemente celebran mi buen humor y juegan conmigo como antes. ¡Cómo me divierto con ellos! ¿Alguna vez dejaré de ser niña? Al pensarlo recuerdo las sensaciones y emociones del día de ayer, y me doy cuenta de que algo en mí ha cambiado. Sé que antes he estado enamorada, pero nunca había estado con nadie de una manera tan íntima, ni había sentido un amor tan grande como el de Albert por mí. Anthony y Terry me quisieron a su modo, pero eran sólo unos adolescentes... y yo también lo era. Lo soy aún, pero me siento capaz de corresponder el amor de Albert con la misma madurez y respeto que él demuestra hacia mí.

Pensé que Albert tal vez vendría a verme por la noche, pero no fue así. Supongo que tendrá mucho trabajo. De todas formas, es seguro que vendrá a verme el fin de semana. ¿Iremos otra vez a Chicago? No me atrevo a ir a su casa a buscarlo yo, en vista de lo mal que le caen mis ausencias a la Srita. Pony.

martes, marzo 27

Decir lo que siento

Pobre señorita Pony. Mi buen humor del día de hoy la dejó totalmente confundida. Estuve toda la mañana con los chicos ayudándoles con sus ejercicios de matemáticas, y por la tarde me dediqué a barrer y limpiar, pues quería compensar mi pereza de los días anteriores. Eso sí, en cuanto terminé fui a llevar el carro del Sr. Cartright de regreso a su rancho.

Pero una vez ahí, tuve el impulso de pedirle a uno de los mozos que me llevara a Lakewood. No estaba segura de lo que le diría a Albert pero me pareció que no debía esperar más. El coche de Albert no estaba y no quise molestar a la mucama. Me quedé al lado del cancel de las rosas, disfrutando la sombra y el aroma de las flores.

No tuve que esperar mucho. Albert llegó y se alegró de verme. Hasta me invitó a cenar con él... y dejó que le ayudara a pesar de que sabe lo mal que cocino.

Yo no sabía cómo confesarle lo que siento, pero estaba tan contenta de poder hablar con él con la familiaridad de antes que ni me importó. Hablamos sobre su visita a la colina cuando yo era niña. Yo tenía nueve años, él diecisiete. Dice que salió a cabalgar con un grupo de aristócratas pero que decidió perderlos de vista. Cuando tocó la gaita para mí, se dió cuenta de que lo encontrarían y por eso salió huyendo antes de despedirnos. Sólo dejó el medallón para mí.

No me reconoció cuando me rescató del río, pero cuando decidió adoptarme se dio cuenta de que yo venía del Hogar de Pony. Nunca me confesó lo del encuentro en la colina por no desilusionarme respecto a ese príncipe. En ese momento quise decirle que lo amaba, pero no me vinieron las palabras adecuadas. Dije no sé qué estupidez sobre cómo él siempre me ha hecho sonreír y terminé por estropear mi oportunidad.

Mientras levantábamos la mesa, yo estaba furiosa conmigo misma y decidí que no me iría esa noche de Lakewood sin confesarle mi amor a Albert. Estábamos lavando los platos cuando Albert quiso saber sobre mi encuentro con Mae. ¿Por dónde empezar? Mae había comenzado por decirme que Albert me amaba, pero en vez de ello le conté sobre el hospital Santa Juana y la vida de Mae en Rhodesia... Seguramente nada de eso era nuevo para él... lo único que se me ocurrió decirle que tal vez él no supiera ya era que Mae tenía novio. ¡Pero él ya lo sabía! Le reclamé por no decírmelo antes, y sin darme cuenta confesé que había estado celosa de Mae.

Sentí cómo me enrojecía y hasta se me calentaron las orejas. Pero Albert estaba del mismo color y empezó a balbucir... ¡se veía tan tierno! Sostenía un plato entre las manos de manera un poco precaria, así que se lo quité para impedir que lo dejara caer. Él seguía diciendo que "no había pensado que..." y no terminaba la frase. Un poco impaciente, la completé yo: "No pensaste que te amara, ¿verdad?" Y antes de que dijera nada, lo abracé y continué: "Yo tampoco lo pensaba, pero ahora sé que te amo".

Qúe lindo fue dejar salir esa frase de mi boca. Si lo hubiera sabido lo habría hecho antes. Albert temblaba de emoción y me abrazaba con fuerza. Poquito a poco fue besando mi frente, y cuando levanté la cabeza me besó en la boca, con el mismo cariño como cuando estábamos en la colina de Pony, pero con más intensidad, y por mucho más tiempo. Sentía mariposas revoloteándome en el estómago y no deseaba separarme de él. Cuando se apartó seguimos abrazados.

Hablamos un poco más sobre nuestros malentendidos y nuestras estúpidas cartas. Él no había querido presionarme, y yo no me había atrevido a decir lo que sentía. Fuimos un par de tontos. Pero al final, yo más que él, pues él sólo pensaba en no herirme, mientras que yo lo que temía era su rechazo.

¿Cuánto tiempo habremos estado en la cocina? Quién sabe. Se me pasó volando. ¡Es tan lindo estar entre los brazos de Albert! Y me muero de ternura cada vez que me besa, con cuidado y dulzura, siempre esperando mi reacción antes de ir más lejos... Podría haberme quedado toda la noche ahí, besándolo en la cocina, si él no me hubiera recordado que tenía que volver al Hogar de Pony.

Por cierto, ¡qué enfadada estaba la Señorita Pony! En cuanto oyó el coche de Albert salió al zaguán. Ante su mirada de reclamo, ni me atreví a darle a Albert un beso de despedida.

Como no volví del rancho del Señor Cartright a tiempo para la cena, se preocupó mucho y mandó algunos chicos a buscarme. Ellos regresaron con la noticia de que me habían llevado a Lakewood y ella se molestó mucho, pues yo no le había avisado antes. ¿Cómo avisarle, si fui por impulso? Un impulso del que no me arrepiento, pues hoy por fin logré poner mi corazón en una bandeja, y fue bien recibido. El mal humor de la Señorita Pony no va a estropear el recuerdo de esta noche.

Es más, tengo la seguridad de que nada lo estropeará nunca, y que este amor que sentimos Albert y yo perdurará por siempre, pase lo que pase.

martes, marzo 20

Visita inesperada

Hoy seguí sintiéndome melancólica y la Señorita Pony insistió en que me fuera de paseo por la colina para que los chicos no vieran lo triste que estoy. Trepé al padre árbol y me puse a contemplar el paisaje. Estuve ahí mucho tiempo hasta que noté que alguien más había llegado a la colina y estaba trepando también. Al asomarme, no pude dar crédito a mis ojos: ¡Era Mae! ¿Qué carambas estaba haciendo aquí? ¡Y trepando un árbol, por Dios, como si fuera un mono!

"Hola Candy", dijo al llegar a mi altura. "Espero que no te moleste que haya venido a verte. ¡Uf!, no me había trepado a un árbol desde que volví a América, estoy perdiendo la práctica".

El vestido de Mae, antes tan lindo, ahora estaba polvoso y tenía una rasgadura. Al seguir mi mirada, Mae exclamó: "¡Diantres, si mi tía me ve así pensará que me asaltaron!"

Yo, que seguía sorprendida, no pensé más que decirle: "No es nada, la hermana María hace unos zurcidos casi invisibles... ella ya está acostumbrada a remendar mi ropa... y la de los niños, por supuesto".

"¡Menos mal, porque a mí no se me da nada que tenga que ver con manualidades!", dijo Mae soltando una carcajada. ¡Qué risa tan contagiosa tiene! Terminé por reírme yo también.

"A mí tampoco. Mi amiga Annie, que creció aquí conmigo, aprendió a coser y tejer muy bien. Yo en cambio solo sirvo para coser suturas".

"En eso me aventajas. Mis suturas son muy dolorosas y a mis pobres pacientes no les gustan nada... si el Dr. Leonard se entera seguro que me despide".

¡El Dr. Leonard! No recordaba que Mae trabajaba ahora en el Santa Juana.

"¿Cómo te trata el Dr. Leonard? Conmigo fue siempre muy antipático", comenté.

"Psss, en eso no ha cambiado nada. Sigue siendo muy profesional, pero le da importancia a cosas que no la merecen... ¿Sabes? Se puso a temblar cuando le conté que el paciente amnésico que vivía contigo resultó ser el heredero de los Andrew. Me parece que si tú lo desearas, te contrataría de inmediato otra vez. Pero no te interesa trabajar ahí, verdad?"

Negué con la cabeza.

"Este es un sitio muy lindo. Y además, es más agradable trabajar con niños... pero bueno. Hoy le pedí el día libre al Dr. Leonard para venir a decirte algo importante, Candy".

"¿Te pidió Albert que vinieras?", quise saber.

"¡Al contrario! ¡Me pidió que NO viniera! Pero como ves soy una testaruda y vine de todas formas... ¡no fue fácil! Conseguí que me llevaran a una granja vecina, pero por estos caminos casi no circula nadie, afortunadamente quienes lo hacen son muy amables y siempre están dispuestos a desviarse un poco, si no, estaría caminando todavía... pero bueno. Como verás hablo mucho y digo poco. Lo que yo venía a contarte es que William está muy enamorado de ti y, aunque no te lo diga, se muere de celos de pensar que amas a otro."

Mi primera reacción fue molestarme al saber que Albert seguía viendo a Mae en Chicago, pero el hecho de que le dijera a ella que estaba enamorado de mí cambiaba las cosas, ¿no? No sabía qué decir, pero no tuve que decir nada, porque Mae siguió hablando.

"Lo importante en estos casos es hablar de frente, Candy. William no sirve para eso, como ya te habrás dado cuenta. Como no quiere importunar a nadie, a veces calla lo que siente. Y si vengo a decirte todo esto es porque creo que lo mismo te está ocurriendo a ti. William, por bien que te conozca, no puede leerte la mente. Ya ves, se imaginó que te habías enamorado de James. Ya le hice ver que no es posible que te guste un tipo como James, pero no creas que eso lo dejó tranquilo."

¿Qué se puede responder a esto? Yo estaba totalmente sin palabras. Así que dije una estupidez: "¿Como puedes saber si James me gusta o no?" No sonó como yo quería. Pareció casi un reproche.

"Pues yo no lo puedo saber con certeza, pero me parece que a William ya le quedó bastante claro después del disgusto que tuvieron este Domingo".

Sentí sonrojarme y quise cambiar de tema. "Mae, sigo sin entender qué esperas de mí."

"¿Yo? nada. Pero William, o Albert, como prefiere que lo llames, está muy triste. Él es mi amigo y me gustaría ayudarlo. Si por lo menos te sinceraras con él, estaría más tranquilo".

"¿Y por qué no viene él a hablar conmigo?¿Por qué viniste tú?"

"Lo sabes bien: El cree que estás molesta con él por lo de este Domingo y no quiere meterse en tus asuntos".

Mientras pensaba en sus palabras mi estómago rugió y caí en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Se habría pasado ya la hora de la comida y seguramente no me habían llamado por no importunarme.

"Mae, acompáñame a comer algo, seguramente tú también estarás hambrienta". Mae no tuvo ningún problema al bajar del árbol.

Los chicos y las maestras estaban en clase. La Señorita Pony, siempre tan amable, nos había dejado comida a ambas con un mensaje que decía que podíamos tomar lo que quisiéramos.

"La Señorita Pony sabe que estás aquí", comenté.

"¡Claro! Ella fue quien me dijo dónde encontrarte. Se ve que te quiere mucho Candy, tienes suerte de haber crecido a su lado".

Durante el almuerzo me contó sobre el tiempo que estuvo en Rhodesia y sobre lo difícil que era trabajar en esas condiciones. La clínica en que ella trabajaba se cerró cuando Sudáfrica envió tropas al frente y los doctores, la mayoría de los cuales eran sudafricanos, fueron reclutados.

"Mi novio tuvo suerte, porque en esos momentos estaba enfermo de paludismo. En cuanto se recupere vendrá a América y nos casaremos, no desea volver a Sudáfrica nunca, pues no está de acuerdo con la guerra".

¡Qué mundo retorcido, en que se considera una fortuna el enfermarse de paludismo! Pero de pronto, quise saber más: "Mae, no sabía que tenías novio".

Me contó muchísimas cosas sobre él, desde cómo se conocieron en la clínica hasta cómo se despidieron en Sudáfrica cuando ella vino a América. Mae dice estar muy enamorada de él, pero eso sí, dijo que le costó mucho trabajo reconocer sus sentimientos en un principio. "Que no te pase a ti Candy. Uno teme arrepentirse de decir algo, pero la verdad es que si no dices nada, terminas por arrepentirte de todas maneras".

Sus palabras me hicieron meditar mientras seguíamos hablando de su novio. El pobre va a llegar aquí sin nada, enfermo y habiendo dejado todo atrás. Por eso Mae está tratando de ahorrar todo el dinero que pueda.

Terminadas las clases los chicos salieron a jugar y las maestras y yo nos pusimos a preparar la cena. Mae se ofreció a poner la mesa pero se disculpó por no saber cocinar. La hermana María, tras un rápido remiendo a la falda de Mae, comentó que de hecho era mejor mantenerme fuera de la cocina a mí también y nos dejaron hablando hasta que estuvo lista la cena. Al terminar de cenar, la Señorita Pony preguntó si mi amiga iría a pasar la noche con nosotros.

"¡No puede ser, si tengo que trabajar mañana en el hospital! " dijo Mae. "Pensé que había un tren hasta Chicago". Estábamos en un aprieto, porque ya era muy tarde y la estación de tren estaba lejos. Tuve una idea.

"Mae, vamos al rancho del Señor Cartright. Con suerte, él nos llevará a Lakewood y desde ahí tomarás el tren a Chicago". Partimos de inmediato, y, efectivamente, el Señor Cartright nos preparó un carro con caballos. Aún así, llegamos a Lakewood cuando el tren había partido. La única solución era, en esos momentos, ir a la casa de los Andrew y pedirle a Albert que llevara a Mae a Chicago, idea que no era de su agrado pues temía que Albert se enojara con ella por venir a verme. Pero no nos quedó otro remedio: era ya muy tarde para ir en carro hasta Chicago y regresar.

La mucama se sorprendió al reconocerme, y de inmediato fue a llamar a Albert. Él, por supuesto, estaba aún más sorprendido de vernos a las dos en Lakewood y tan tarde. Mae le dijo muy tranquila que había ido a visitarme pero que se le había hecho tarde, y le pidió que la llevara a casa de su tía. Albert, boquiabierto, asintió con la cabeza y fue por el coche.

"Uf, me temo que me va a reclamar en el camino, pero qué le vamos a hacer. Gracias, Candy, por traerme hasta aquí. Lo pasé muy bien contigo en el Hogar de Pony".

"Gracias por visitarme Mae, y perdóname si antes he sido grosera contigo. Puedes venir a verme cuando quieras", le dije mientras Albert se acercaba en su coche hacia la entrada. Me despedí de ambos y vine de regreso al Hogar de Pony. Ya regresaré el carro mañana, cuando los caballos hayan descansado.

¿Cómo pude ser tan tonta? Mae de verdad es muy simpática, y aunque es mucho más madura que yo, no por eso deja de ser moderna y divertida... Albert tenía razón. La complicidad que hay entre ellos y que tanto me asusta no es más que amistad, independientemente de lo que haya habido entre ellos. Además me queda claro que Mae no tiene interés en Albert. En cuanto a él, le dijo a Mae que me quiere a mí, ¿no? No debo dudar más.

La Señorita Pony comentó que mi amiga era muy agradable y que me veía más contenta ahora. ¿Cómo no voy a estarlo, si Mae dice que Albert aún me ama? Pero tiene razón, debo decirle lo que siento cuanto antes.

viernes, marzo 16

Meditaciones

Estuve llorando hasta tarde el día de ayer y me costó trabajo levantarme. La Señorita Pony creyó que estaba enferma cuando me vio, porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

"Candy, hoy no vengas a las clases, los niños se van a dar cuenta de que estás triste", me dijo. Como siempre, no me preguntó qué me ocurre, pero me preguntó si deseaba hablar de ello. Le dije que no.

A la larga quise incorporarme a las clases y ayudarle a los chicos con sus lecciones, pero ni la hermana María ni la Señorita Pony me lo permitieron, ambas dijeron que de verdad me veía muy mal y no quisieron preocupar a los chicos. Así que estuve todo el día en la colina, pensando en mi mala suerte y sin saber qué hacer.

¿Tanto le importa a Albert la opinión de Mae que estaría dispuesto a trabajar en el museo de historia natural? Me cuesta trabajo creerlo. Dijo que lo entristecen los animales disecados, pero cuando hablaba con la tía Elroy parecía decirlo en serio.

Lo peor es que Albert piense que me enamoré de Cuthbert. ¿De dónde saca esas ideas? ¡Si apenas lo he visto dos veces! Tal vez la misma Mae le haya estado calentando la cabeza. ¡Argh! ¡Cómo la odio! Ojalá nunca hubiera venido a Chicago y se la hubieran comido los leones en África.

Apnas probé bocado en todo el día. Cuando por fin me fui a la cama, la Señorita Pony me abrazó tiernamente y me dijo al oído: "Candy, no me quiero meter en tus asuntos, pero cada vez que vas a Chicago regresas muy triste. Quizá no deberías ir más".

Empiezo a creer que tiene razón.

lunes, marzo 12

La confusión de Albert

Albert se presentó muy temprano en casa de los Brighten. Annie había estado peinándome y me hizo estrenar uno de mis vestidos para verme bien cuando él llegara. Y efectivamente, cuando bajé a saludarlo, él se inclinó, besó mi mano y me dijo que estaba hermosa. Los nervios me hicieron reaccionar estúpidamente y le pedí que no se burlara. Me parece que me malinterpretó.

Fuimos a visitar a la tía Elroy, pues la pobre está muy sola. Albert me prometió que después haríamos lo que yo quisiera. La tía alabó mi peinado y mi vestido, cosa que nunca antes había hecho. Al comentar que ya era hora de que dejara de ser una chiquilla quise soltar una carcajada. Creo que siempre me sentiré como una niña. Le hice un guiño a Albert pero creo que no me entendió. Archie no estaba (seguramente se fue a ver a Annie) y la tía Elroy nos acompañó a pasear cerca del lago. Albert no le había contado nada sobre Mae, pero ella de inmediato notó el interés de Albert y comentó que ya era hora de que sentara cabeza. Se me fue el ánimo al suelo.

Cuando nos fuimos de la mansión Andrew, le pedí a Albert que me llevara al zoológico. En el trayecto le pregunté si de verdad deseaba trabajar en el museo, y él me recordó que no le gustaban los animales disecados. Aún así, me molesta que por una sugerencia de Mae el esté pensando en cambiar de oficio y desafiar a la tía Elroy. Una vez en el zoológico recordé que la última vez nos habíamos topado con Mae. No era el sitio ideal para tomar al toro por los cuernos y hablar de mis sentimientos. Lo peor fue que Albert se dió cuenta de mi nerviosismo y quiso animarme a hablar. Por un momento pensé que él ya se había dado cuenta de lo que siento por él, pues me tomó por los hombros y dijo saber lo que me ocurría... que yo estaba enamorada... pensé que me besaría de nuevo, pero en vez de ello me preguntó si mi amor era por James Cuthbert. Se me subió la sangre a la cabeza y le grité no sé qué cosas sobre lo poco que me conoce y que sólo se imagina lo que le conviene. Y sin pensar, salí corriendo. Albert, por supuesto, corrió tras de mí y me asió de la manó. Pensé que iba a gritarme, pero en vez de ello me hablaba con mucha dulzura, pidiéndome perdón, con lo cual yo me sentí todavía más culpable. Empecé a llorar. Yo, que unos segundos antes estuve a punto de confesarle mi amor, ahora estaba hecha un mar de lágrimas. Me disculpé por mi reacción y le pedí que nos fuéramos.

Estuve llorando de rabia todo el camino. ¿Qué me ocurre? ¿Y qué le ocurre a Albert? Se despidió de mi reiterándome su amistad, sin saber que sus palabras me herían. Al llegar a casa saqué la carta que él me escribió diciendo que me amaba y la leí entera de nuevo. ¿Por qué insiste en engancharme al pesado de James y subrayar que sólo somos amigos? Ahora recuerdo que también me dijo, cuando creía adivinarme el pensamiento, que yo no debía tener miedo de lastimarlo... Si alguna vez me amó, creo que ya se ha recuperado.

sábado, marzo 10

Una tarde junto a Annie

El almuerzo se me hizo insoportable, y me dejó de tan mal humor que ni siquiera terminé de describir mi día al lado de Annie. Menos mal que vine a casa de Annie y que el pesado de James no insistió en acompañarme. Albert y Mae vinieron conmigo, pero en el trayecto apenas me dirigieron la palabra. Si bien no tenía ningunas ganas de conversar con Albert en ese momento, me sentí decepcionada una vez más. Era claro que Albert estaba demasiado entretenido conversando con Mae como para importarle si me quedaba con ellos o no... ¡o si otro hombre me coqueteaba!

El alma se me fue al piso pero pronto recobré algo de ánimo: en lo de los Brighten me recibió el padre de Annie, tan cariñoso conmigo como siempre. En momentos como ése, extraño el no tener un padre y entiendo un poco mejor a Annie y su miedo -infundado, creo yo- de
defraudarlos. Patty no estaba, pero Annie estaba tan linda como siempre, fresca como una lechuga, con una alegría de verme que me devolvió el
alma al cuerpo... Sugirió que fuéramos de compras. No estaba muy de ánimo para eso, pero no quise desilusionar a Annie,
menos que menos cuando noté que lo que realmente quería era que me probara varios vestidos y colores para ayudarme a encontrar ropa que me favorezca más. Obviamente se tomó muy en serio mi carta anterior. Una vez en su casa buscó entre su guardarropa los modelos
más parecidos a los que mejor me sentaban y casi a la fuerza me hizo vestir unos cuantos, a los que les fue haciendo algunas modificaciones.

Annie siempre ha tenido muy buen gusto, pero no sabía que tuviera talento para modista. Después de tantas pruebas de vestidos y de unos
cuantos pinchazos de alfiler le dije que estaba agotada y que tenía hambre. Y luego de una deliciosa cena, nos quedamos conversando en su cuarto. Fue entonces que Annie comenzó a preguntarme sobre Albert y la puse al tanto de lo ocurrido durante el almuerzo... Le conté de Mae, de cómo cuando están juntos ellos hablan sin parar, como si no existiera nadie más en el mundo... le conté también de cómo me enfurece que le haga las cosas tan fáciles al tonto ese de Cuthbert.

Annie escuchaba atentamente, y yo, tan poco acostumbrada a compartir mis más profundos sentimientos, me sentí a la vez tan triste y también tan agradecida y aliviada por poder desahogarme con ella, que casi me pongo a llorar. Annie se dio cuenta y trató de animarme. Me insistió en la necesidad de hablar más con Albert, de no sacar conclusiones precipitadas con respecto a su vinculo actual con Mae, porque, según ella, el que se lleven tan bien no necesariamente quiere decir que estén enamorados.

Entonces fue ella quien se puso muy sensible y casi llorando, me pidió que no cometiera los mismos errores que ella había cometido... Tuvimos una hermosa conversación, ¡Annie ha cambiado tanto en estos últimos tiempos!... pero se me cierran los ojos... escribiré más tarde sobre ello.

Contribuído por Elena

viernes, marzo 2

Sábado en Chicago

Lo pasé muy mal en Chicago hoy. Traté de peinarme mejor y ponerme un vestido bonito, para no verme tan niña al lado de Mae. Albert vino a recogerme y en un momento pensé si poner o no mi corazón en una bandeja, como dijo Annie, pero no pude. Me preguntó si en adelante podía presentarme como una amiga de la familia, y le dije que sí, pero luego habló de anular mi adopción y eso me deprimió mucho. Cuando mencionó que eso había sido sugerencia de Mae le respondí de manera brusca que Mae no puede saber cómo me siento respecto a mi apellido y mi adopción. Pero también me dolió saber que Albert ha estado viendo a Mae. ¿Qué esperaba? Soy una idiota. Me disculpé por mi reacción, pero no pude explicarme bien y no quise decir más para no empeorar las cosas.

En el camino estuve meditando si de verdad quiero conservar el apellido Andrew. La verdad es que preferiría ser la señora de William Albert Andrew que la señorita Andrew.

Pasamos por Mae antes de ir a un restaurante donde nos esperaba James Cuthbert. Al principio ese individuo no me quitaba los ojos de encima. Albert no dejaba de hablar sobre Mae y lo maravillosa que es haciendo énfasis en su labor filantrópica entre los nativos de Rhodesia. A mí ni me mencionaba. James comentaba que yo también era una persona desprendida, quien pudiendo vivir rodeada de lujos al lado de los Andrew, vivía en un humilde orfanatorio. Mae trataba de desviar la conversación hacia ella, y logró interesarlo en las minas de África, al punto que terminó por convertirse una comida de negocios durante la cual ellos tres sopesaban los riesgos contra las posibles ganancias en el caso de invertir en minas. Me sentí totalmente fuera de lugar e incluso un poco decepcionada al ver que el Señor Cuthbert se olvidaba de mí. No debería importarme, pues el Señor Cuthbert me es un poco antipático, pero su admiración me hacía sentir un poco mejor.

Tras la comida, Mae sugirió que fuéramos juntos al museo de historia natural. Pero yo ya no podía aguantar la situación tan incómoda y le pedí a Albert que me trajera a casa de los Brighten. Una vez más el Sr. Cuthbert se sorprendió, y le preguntó a Albert (en lugar de preguntarme a mí):

- ¿No sería mejor para su hermana quedarse en la residencia Andrew?

Yo iba a contestar que prefería la compañía de mi mejor amiga, pero Albert le dijo: "Más que hermana, Candy es una amiga de la familia, y no suele hospedarse con mi tía Elroy".

Una amiga, eso dijo él. ¿Qué otra cosa podría haber dicho? No sé por qué me dolió la palabra "amiga". Creo que ya es muy tarde para confesarle a Albert mis sentimientos, pues parece que ahora él sólo piensa en Mae. ¿De verdad pudo olvidarse de mí tan pronto? Annie me dice que no desespere, que estoy viendo tormentas donde no las hay. Pero me pone muy triste saber que Albert una vez más está frecuentando a Mae.

martes, febrero 27

El pasado amoroso de Albert

Hoy he estado pensando mucho en Albert, y los motivos que pudo tener para darle mis datos a James Cuthbert. Algo me dice que desea olvidarse de mí.

Cuando Albert me contó por primera vez de Mae y de su venida a Chicago, no me sentí particularmente molesta, excepto que noté su nerviosismo al preguntarle por el novio de ella. Ahora me arrepiento de haber confirmado su noviazgo con ella el Domingo pasado. No tenía por qué interrogar a Albert, al fin y al cabo, él no es de andar preguntando ni metiéndose en la vida de otros. El sabe escuchar, pero no es metiche, lo que es muy diferente. A pesar de todo, me confortaba su énfasis en que Mae ya no era más que su amiga.

Pero cuando la ví, cuando ví cómo se saludaron, cómo se llevan, la complicidad que existe entre ellos, me asaltó la duda que ya casi es certeza de que siguen queriéndose. Y eso me hace hervir la sangre de coraje.

Me hace sentir mal tanto pensar en el romance que tuvieron como el reconocer que mi reacción es totalmente irracional e injusta. ¿Con qué derecho reprocharle el haber tenido una novia? De hecho, aunque no nos llamáramos de "novios", yo misma tuve dos grandes romances. Estuve profundamente enamorada de Anthony y luego de Terry.

Anthony me abrazó, me dio un beso en la mejilla... y apenas tenía yo doce y trece años. Terry me besó. Robado o no, me dió un beso. No un besito. Un beso de enamorados, en la boca. Y me abrazó con fuerza en el triste día que nos dijimos adiós, en las escaleras.

Albert nunca me preguntó si Anthony o Terry me habían besado o qué. Fui yo quien le contó todo porque sentía confiaza con él. En cambio él no me dio detalles de su noviazgo con Mae. Quiero saberlo todo. Y sin embargo no quiero saber nada.

Todavía recuerdo lo que se sentía estar enamorada, las mariposas en el estómago, ver a la persona querida hasta en la sopa... y cómo el más ligero contacto físico hacía que mi corazón batiera como loco.

El beso de Terry fue un beso robado que en realidad me molestó en su momento. Fue algo tan rápido que ni recuerdo cómo se sintió. Pero sí recuerdo las cosquillas que me daban en el estómago al sólo pensar que él se sintiera tan atraído por mí como para hacer eso.

Y cuando pienso en Albert enamorado o sintiendo o haciendo esas cosas... ¡el corazón me da un vuelco! ¡Me dan ganas de llorar!

Sé que lo que pienso y digo no tiene sentido. Albert es bastante mayor que yo. ¡Claro que debe de haber tenido más de una novia! ¡Al menos debe haber estado enamorado de alguien alguna vez! ¡Tiene que haber suspirado por alguien, besado a alguien... !Aaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡No soporto ni la idea!

Creo que me malacostumbré. Mientras yo le contaba de mis enamorados, él escuchaba pero nunca contaba de sus cosas, de sus historias. Me acostumbré a ser el centro de su atención, la única mujer, aparte de su querida hermana, de quien hablaba.

¡Qué estúpida! ¡Qué orgullosa soy! ¡Me creía la única mujer de su vida! Sin siquiera detenerme a pensarlo, pero sea como amiga, hermana, pupila, enamorada, lo que fuera... siempre pensé que era *la* mujer en la vidad de Albert ... todavía me siento como tal y todavía me creo con el derecho de reclamarlo como "mío", ahora que veo que él sí pudo y puede tener un vínculo tan o más estrecho que el que tiene conmigo con otra mujer.

Albert no siempre fue "mío", ni lo es, ni tiene por qué serlo. Pero no puedo asimilar esa idea. Podría llegar a aceptar que él no estuviera tan enamorado de mí como esa carta parecía indicar y que quedásemos como amigos ... pero la posibilidad, en cambio, de que se enamore de otra y de que sea por lo que fuere, otra mujer ocupe igual o más espacio en su corazón que yo me da ganas de........ ni sé de qué.

Hoy me vino a la mente la imagen de Mae y él abrazados, como se abrazaron al encontrarse en el parque, pero todos los días... y contándose su vida todos los días... y me sentí fatal. Tanto que la Señora Pony se dio cuenta y me preguntó si me sentía yo bien.

Soy un manojo de nervios, me impaciento por todo y uno de estos días la Hermana María se cansará, y por más que ya sea una señorita, me pondrá en penitencia como a cualquiera de los niños.


Por Elena