Es curioso que hasta hoy no le hablara a nadie del Príncipe de la Colina más que a Anthony y, más recientemente, a Annie. Mis madres suponían que Albert no supo nunca de mi existencia hasta que sus sobrinos le pidieron que me adoptara, y que no nos habíamos conocido en persona hasta que yo estudiaba en Londres.
Pero hoy la hermana María quiso saber exactamente cuándo cambiaron mis sentimientos por Albert, y tuve que confesar que fue a partir del día que supe que él era el Príncipe de la Colina. Por supuesto que no le dije nada sobre el beso que tanta confusión causó. Ella, por supuesto, estaba más bien intrigada por la historia del Príncipe, así que le conté la historia del chico que apareció en la colina vestido de escocés y que quiso consolarme tocando la gaita, haciéndome reír en ese momento tan triste. Incluso le mostré el medallón que desde entonces llevo siempre conmigo. Ella se enterneció muchísimo, y pidió que compartiéramos la historia con la Señorita Pony.
Cuanto repetí la anécdota, la Señorita Pony comentó que los Andrew nunca habían mostrado interés por el orfanatorio y no se acercaban por aquí. Le gustó la idea de que Albert, siendo aún adolescente, no tuviera reparos en asomarse por acá. ¡Pero había más que contar! Les hablé de Albert espiando a sus sobrinos sin que la tía Elroy lo supiera, y de cómo él me rescató la vez que casi me ahogo tras escapar de los Leegan. Pobre Señorita Pony, una vez más caía en cuenta de lo crueles que habían sido los Leegan conmigo y dijo arrepentirse de haberme dejado ir a trabajar con ellos.
Mis madres entendieron por fin que Albert no me había adoptado sólo por capricho de Anthony, Stear y Archie, sino que él ya me conocía y éramos amigos. Claro que nunca pensó en adoptarme hasta que los Leegan me mandaron a México. Aquí la señorita Pony apretó los puños, enojada. Ella nunca supo de las intenciones de los Leegan hasta que George se presentó en el Hogar de Pony para tramitar mi adopción.
Finalmente, les hablé de la muerte de Anthony y de cómo fue Albert quien vino a ofrecerme palabras de consuelo.
Les queda la duda de mi fijación infantil con el príncipe de la colina. Y es cierto que es un poco tonto haberme obsesionado con un chico que conocí a los seis años y con quien apenas hablé unos minutos. Pero en todos estos años de amistad con Albert sin saber su verdadera identidad, no he conocido a nadie más noble o más bueno que él. Nunca he sido tan feliz como cuando vivíamos juntos en Chicago, y nunca he sufrido por nadie como por él: cuando enfermó de amnesia, cuando lo atacó un León..... cuando decidió marcharse. Yo lo amaba desde antes, pero hasta el día de mi regreso al hogar de Pony no lo supe.
El personaje principal del manga "Candy Candy" escribe un diario a partir de la desaparición de Albert... y luego le seguí de mi ronco pecho (y del de otras personas). Ven y visita también el Diario de Albert.
domingo, diciembre 5
martes, noviembre 30
Conversaciones
Hoy hablaron mis madres con Albert. Yo hubiera querido más tiempo para ordenar mis ideas y también para poner a Albert sobre aviso, pero no hubo manera. Hoy mismo regresó. Desde que oímos el ruido de su coche la Señorita Pony me advirtió que no había que dilatar su conversación con él, sin importar que los chicos tuvieran lecciones.
- Las puedes dar tú, Candy.
- De ninguna manera - interrumpió la hermana María - Le prometimos a Candy que ella estaría presente cuando habáramos con el Señor Andrew.
Lo mejor hubera sido pedirle a Albert que regresara otro día, pero la Señorita Pony insistió que esto había que hablarlo cuanto antes, aunque apenas tuviéramos tiempo antes de las lecciones.
Así que Albert, quien tenía pendientes en Chicago también, se vio forzado a sentarse conmigo y mis maestras, y explicar que deseaba cortejarme. No me miraba a mí, las miraba a ellas cuando les dijo lo mucho que me quería y que deseaba estar siempre a mi lado y hacerme feliz.... ¡Qué lindas palabras! Yo quería arrojarme a sus brazos y cubrirlo de besos pero claro, era imposible.
- Señor Andrew, usted ha demostrado ser una persona buena y noble, y sabemos que sus intenciones con Candy sólo pueden ser buenas. Yo he meditado mucho sobre esta relación. Aunque apenas lo supimos ayer, la hermana María y yo ya sospechábamos algo.
- Y estamos agradecidas por que Candy por fin nos lo contó todo - Agregó la hermana María.
-Si - continuó la Señorita Pony - Eso es muy cierto. Candy nunca nos ha mentido y me hizo feliz saber que ella corresponde a sus sentimientos. Pero no sé si se den cuenta del escándalo que puede surgir si se supiera que el Señor Andrew mantiene una relación sentimental con su hija adoptiva. La mayoría pensaría que ello es inmoral.
Yo estaba sin habla, y Albert también, aunque él parecía bastante sereno. La hermana María añadió:
-Claro que nosotras dos sabemos que ustedes dos han sido más amigos que padre e hija...
¡Que horror! Las palabras padre e hija me retorcieron el estómago y creo que también Albert hizo una mueca de disgusto.
- Pero lo que nosotras sepamos o digamos no altera el hecho de que, legalmente, Candy es su hija, y ambas creemos que, si sus intenciones para con Candy son tan serias como usted dice, debería anular de inmediato su adopción.
En la cabeza sólo me daba vueltas una cosa: Que yo me llamo Candace White Andrew, así me llamo desde que tengo doce años... no quiero llamarme de otra manera... Yo guardaba silencio y fue Albert quien habló:
- Eso es algo que se arreglaría fácilmente, pero sólo si Candy está de acuerdo con ello.
-¡Pero yo no estoy de acuerdo! - dije de inmediato - Yo también soy una Andrew, todos estos años me esforzaba por ser toda una dama y merecer ese apellido....
- Candy, es sólo un nombre - intervino la Señorita Pony.
Nadie dijo en voz alta lo que seguramente pensábamos todos, que si me casara con Albert volvería a tener mi nombre. Pero ¡es tan pronto! Mis dos maestras hablaban y hablaban sobre la necesidad de hacer las cosas en el orden correcto y Albert no decía nada... hasta que mencionó que traía un recado de Annie. ¡Quiere que vayamos todos al teatro! Me puse muy contenta y temí que mis madres no me fueran a dar permiso de ir, dadas las nuevas circunstancias. Pero ellas se dan cuenta de que necesito estar con Annie y dijeron que mientras me hospedara yo con ella todo estaba bien. ¡Como si me gustara quedarme con la tía Elroy!
Albert se despidió y partió a Chicago. Los niños habían estado jugando todo ese tiempo y haciendo toda clase de travesuras. Empezamos las clases con una hora de retraso. Me costó trabajo concentrarme, pensando que este viernes estaré en Chicago con Albert y con mi mejor amiga.
- Las puedes dar tú, Candy.
- De ninguna manera - interrumpió la hermana María - Le prometimos a Candy que ella estaría presente cuando habáramos con el Señor Andrew.
Lo mejor hubera sido pedirle a Albert que regresara otro día, pero la Señorita Pony insistió que esto había que hablarlo cuanto antes, aunque apenas tuviéramos tiempo antes de las lecciones.
Así que Albert, quien tenía pendientes en Chicago también, se vio forzado a sentarse conmigo y mis maestras, y explicar que deseaba cortejarme. No me miraba a mí, las miraba a ellas cuando les dijo lo mucho que me quería y que deseaba estar siempre a mi lado y hacerme feliz.... ¡Qué lindas palabras! Yo quería arrojarme a sus brazos y cubrirlo de besos pero claro, era imposible.
- Señor Andrew, usted ha demostrado ser una persona buena y noble, y sabemos que sus intenciones con Candy sólo pueden ser buenas. Yo he meditado mucho sobre esta relación. Aunque apenas lo supimos ayer, la hermana María y yo ya sospechábamos algo.
- Y estamos agradecidas por que Candy por fin nos lo contó todo - Agregó la hermana María.
-Si - continuó la Señorita Pony - Eso es muy cierto. Candy nunca nos ha mentido y me hizo feliz saber que ella corresponde a sus sentimientos. Pero no sé si se den cuenta del escándalo que puede surgir si se supiera que el Señor Andrew mantiene una relación sentimental con su hija adoptiva. La mayoría pensaría que ello es inmoral.
Yo estaba sin habla, y Albert también, aunque él parecía bastante sereno. La hermana María añadió:
-Claro que nosotras dos sabemos que ustedes dos han sido más amigos que padre e hija...
¡Que horror! Las palabras padre e hija me retorcieron el estómago y creo que también Albert hizo una mueca de disgusto.
- Pero lo que nosotras sepamos o digamos no altera el hecho de que, legalmente, Candy es su hija, y ambas creemos que, si sus intenciones para con Candy son tan serias como usted dice, debería anular de inmediato su adopción.
En la cabeza sólo me daba vueltas una cosa: Que yo me llamo Candace White Andrew, así me llamo desde que tengo doce años... no quiero llamarme de otra manera... Yo guardaba silencio y fue Albert quien habló:
- Eso es algo que se arreglaría fácilmente, pero sólo si Candy está de acuerdo con ello.
-¡Pero yo no estoy de acuerdo! - dije de inmediato - Yo también soy una Andrew, todos estos años me esforzaba por ser toda una dama y merecer ese apellido....
- Candy, es sólo un nombre - intervino la Señorita Pony.
Nadie dijo en voz alta lo que seguramente pensábamos todos, que si me casara con Albert volvería a tener mi nombre. Pero ¡es tan pronto! Mis dos maestras hablaban y hablaban sobre la necesidad de hacer las cosas en el orden correcto y Albert no decía nada... hasta que mencionó que traía un recado de Annie. ¡Quiere que vayamos todos al teatro! Me puse muy contenta y temí que mis madres no me fueran a dar permiso de ir, dadas las nuevas circunstancias. Pero ellas se dan cuenta de que necesito estar con Annie y dijeron que mientras me hospedara yo con ella todo estaba bien. ¡Como si me gustara quedarme con la tía Elroy!
Albert se despidió y partió a Chicago. Los niños habían estado jugando todo ese tiempo y haciendo toda clase de travesuras. Empezamos las clases con una hora de retraso. Me costó trabajo concentrarme, pensando que este viernes estaré en Chicago con Albert y con mi mejor amiga.
domingo, noviembre 28
Explicaciones
¡Finalmente vino Albert a verme! Sólo fue un día sin verlo pero aún así lo echaba de menos. Era muy temprano y estaban los niños aún jugando afuera. Bajamos todos al pie de la colina a saludarlo, y mientras Albert me contaba que había estado todo el día de ayer con su tía, los chicos revoloteaban alrededor de su coche y se correteaban unos a otros.
Subiendo la cuesta a la colina Albert me dijo que su tía está muy triste porque él no tiene novia. Me dijo que le gustaría contarle a su tía sobre lo nuestro. Le dije lo que pienso, que eso más bien pondría de mal humor a su tía, pues ella no me quiere para nada. Es triste, pero es verdad.
- ¿Y qué hay de tus madres, no tienen derecho a saberlo ellas? - me preguntó.
Eso sí me hizo pensar que yo a mis madres las quiero mucho y no deseo ocultarles nada, sobretodo porque pienso que Albert y yo no estamos haciendo nada malo. Es más, estaba yo tan feliz con Albert, que quería yo llevarlo en ese momento con la Señorita Pony y aclarar todas sus dudas. El problema era que primero quería yo aclarar las mías.
- Albert... ¿por qué terminaste con Mae?
Él no dudó en contestar:
-Por que no dejaba de pensar en ti. Estaba siendo injusto con Mae. Se parecía tanto a ti que pensé que sería feliz con ella. Pero lo que sentía por ella no era más que amistad.
- ¿Ya desde entonces me querías?
- Siempre te quise Candy. A veces me digo que fue desde Londres, otras que fue desde que te espiaba cuando vivías con los Leegan. Ahora me digo que no importa cuándo me enamoré. Lo triste fue tratar de sacarte de mi mente y no ser sincero ni conmigo mismo ni con Mae...
- Si me querías, ¿por qué te fuiste de Londres? - lo interrumpí. Él dio un suspiro.
- Por estúpido. Me conté a mí mismo el cuento de que me hacían falta aventuras, que tu ya tenías a Terry, que yo era mucho mayor y que como tu tutor no podía permitirme el sentir nada por ti. Excusas, ninguna de ellas justifica el haberte dejado.
En eso los chicos empezaron a dar voces, llamándonos a Albert y a mí. Era hora de lecciones y tenía yo que regresar pronto. Albert también tenía cosas que hacer en Chicago.
Bajando la colina y Albert continuó con nuestra conversación.
- Princesa, piensa bien qué es lo que quieres, tal vez sea el momento para hablar con tus madres.
-¡No! - dije, dando un respingo - todavía no. Albert, primero necesito saber, ¿qué piensas hacer con mi adopción? ¿Seguiré siendo una Andrew o no?
Albert me miró perplejo y finalmente dijo:
- Lo que tú prefieras. Si quieres anular tu adopción lo haremos, si no lo deseas, no. Pero no tenemos que decidir nada ahora... - Estábamos por llegar al hogar de Pony y de verdad ya no había tiempo para decirnos nada
La señorita Pony me esperaba a la entrada.
- Ven cuando puedas Albert, quizá tengas razón y deba hablar con mis madres cuanto antes.
Y, conciente de las miradas ajenas, me adelanté a la entrada y me despedí de él con un apregtón de manos, tras lo cual me eché a correr sin mirar atrás, por temor a arrepentirme y arrojarme a sus brazos.
Apenas entraba cuando la Señorita Pony me preguntó
- ¿Por qué no vino a saludarnos el Señor Andrew?
- Pues por falta de tiempo, yo tengo que ayudar con las lecciones, y él tiene que ir a trabajar.
- Entonces, ¿para qué viene en un día en que estan todos ocupados?
Fue demasiado. La prisa por empezar las lecciones, y mi confusión sobre cuál era el mejor paso a seguir me impidieron seguir inventando tonterías.
- Señorita Pony, Albert vino a verme a mí, por supuesto.
Y rápidamente fui al salón de clases.
El resto del día transcurrió sin incidentes. Pero claro que tras la cena mis madres no me permitieron retirarme junto con los niños. Confesé, más o menos, que Albert me está haciendo la corte, y que yo le correspondo. Mis madres tienen un gran aprecio por Albert y creo que ellas confían tanto en él como yo, pero la noticia las preocupó mucho. Ellas piensan sobretodo en el problema legal, y me aconsejaron de inmediato anular mi adopción.
-¿No ves, Candy, que eres más hija de nosotras que de nadie más?
Es difícil poner en palabras lo que siento. Ellas son y serán siempre mis madres, pero yo no quiero dejar de ser una Andrew... Aunque es verdad, que si Albert y yo nos casamos, Andrew seguiría siendo mi apellido... Claro que no me atrevo a adelantarme tanto a los hechos, y mis madres me aconsejan no hacerme muchas ilusiones. Tienen razón, pero lo pesado es que ahora ellas quieren hablar formalmente con Albert lo cual no me agrada nada. Acordamos que lo mejor será sentarnos a charlar los cuatro juntos.
Por un lado, siento que me quité un peso de encima. Por el otro, veo que comunicar la noticia a mis dos madres me puede haber metido en más líos todavía. Ellas quieren un noviazgo formal, lo cual le va a causar un disgusto enorme a la tía Elroy.
Subiendo la cuesta a la colina Albert me dijo que su tía está muy triste porque él no tiene novia. Me dijo que le gustaría contarle a su tía sobre lo nuestro. Le dije lo que pienso, que eso más bien pondría de mal humor a su tía, pues ella no me quiere para nada. Es triste, pero es verdad.
- ¿Y qué hay de tus madres, no tienen derecho a saberlo ellas? - me preguntó.
Eso sí me hizo pensar que yo a mis madres las quiero mucho y no deseo ocultarles nada, sobretodo porque pienso que Albert y yo no estamos haciendo nada malo. Es más, estaba yo tan feliz con Albert, que quería yo llevarlo en ese momento con la Señorita Pony y aclarar todas sus dudas. El problema era que primero quería yo aclarar las mías.
- Albert... ¿por qué terminaste con Mae?
Él no dudó en contestar:
-Por que no dejaba de pensar en ti. Estaba siendo injusto con Mae. Se parecía tanto a ti que pensé que sería feliz con ella. Pero lo que sentía por ella no era más que amistad.
- ¿Ya desde entonces me querías?
- Siempre te quise Candy. A veces me digo que fue desde Londres, otras que fue desde que te espiaba cuando vivías con los Leegan. Ahora me digo que no importa cuándo me enamoré. Lo triste fue tratar de sacarte de mi mente y no ser sincero ni conmigo mismo ni con Mae...
- Si me querías, ¿por qué te fuiste de Londres? - lo interrumpí. Él dio un suspiro.
- Por estúpido. Me conté a mí mismo el cuento de que me hacían falta aventuras, que tu ya tenías a Terry, que yo era mucho mayor y que como tu tutor no podía permitirme el sentir nada por ti. Excusas, ninguna de ellas justifica el haberte dejado.
En eso los chicos empezaron a dar voces, llamándonos a Albert y a mí. Era hora de lecciones y tenía yo que regresar pronto. Albert también tenía cosas que hacer en Chicago.
Bajando la colina y Albert continuó con nuestra conversación.
- Princesa, piensa bien qué es lo que quieres, tal vez sea el momento para hablar con tus madres.
-¡No! - dije, dando un respingo - todavía no. Albert, primero necesito saber, ¿qué piensas hacer con mi adopción? ¿Seguiré siendo una Andrew o no?
Albert me miró perplejo y finalmente dijo:
- Lo que tú prefieras. Si quieres anular tu adopción lo haremos, si no lo deseas, no. Pero no tenemos que decidir nada ahora... - Estábamos por llegar al hogar de Pony y de verdad ya no había tiempo para decirnos nada
La señorita Pony me esperaba a la entrada.
- Ven cuando puedas Albert, quizá tengas razón y deba hablar con mis madres cuanto antes.
Y, conciente de las miradas ajenas, me adelanté a la entrada y me despedí de él con un apregtón de manos, tras lo cual me eché a correr sin mirar atrás, por temor a arrepentirme y arrojarme a sus brazos.
Apenas entraba cuando la Señorita Pony me preguntó
- ¿Por qué no vino a saludarnos el Señor Andrew?
- Pues por falta de tiempo, yo tengo que ayudar con las lecciones, y él tiene que ir a trabajar.
- Entonces, ¿para qué viene en un día en que estan todos ocupados?
Fue demasiado. La prisa por empezar las lecciones, y mi confusión sobre cuál era el mejor paso a seguir me impidieron seguir inventando tonterías.
- Señorita Pony, Albert vino a verme a mí, por supuesto.
Y rápidamente fui al salón de clases.
El resto del día transcurrió sin incidentes. Pero claro que tras la cena mis madres no me permitieron retirarme junto con los niños. Confesé, más o menos, que Albert me está haciendo la corte, y que yo le correspondo. Mis madres tienen un gran aprecio por Albert y creo que ellas confían tanto en él como yo, pero la noticia las preocupó mucho. Ellas piensan sobretodo en el problema legal, y me aconsejaron de inmediato anular mi adopción.
-¿No ves, Candy, que eres más hija de nosotras que de nadie más?
Es difícil poner en palabras lo que siento. Ellas son y serán siempre mis madres, pero yo no quiero dejar de ser una Andrew... Aunque es verdad, que si Albert y yo nos casamos, Andrew seguiría siendo mi apellido... Claro que no me atrevo a adelantarme tanto a los hechos, y mis madres me aconsejan no hacerme muchas ilusiones. Tienen razón, pero lo pesado es que ahora ellas quieren hablar formalmente con Albert lo cual no me agrada nada. Acordamos que lo mejor será sentarnos a charlar los cuatro juntos.
Por un lado, siento que me quité un peso de encima. Por el otro, veo que comunicar la noticia a mis dos madres me puede haber metido en más líos todavía. Ellas quieren un noviazgo formal, lo cual le va a causar un disgusto enorme a la tía Elroy.
lunes, noviembre 22
Inseguridades
La Señorita Pony es algo anticuada, pero me quiere mucho y desea lo mejor para mí. Hoy nos sentamos a charlar y me hizo ver que una vez más que mi amistad con Albert podría dar lugar a un escándalo, siendo que soy su hija adoptiva. No me presionó, aunque sí que hizo varios intentos por averiguar si hay entre él y yo algo más que amistad. Fue una tortura. Todo ese tiempo yo deseaba por un lado salir huyendo, y por el otro, me preocupaba lo que la Señorita Pony decía. No dudo del cariño de Albert, pero me pregunto cuánto tiempo más vamos a estar juntos. Si nuestro noviazgo (por llamarlo de alguna manera) termina, ¿podremos continuar esta amistad?¿Qué va a ocurrir con mi adopción? Y si se prolonga... ¿cuáles son las intenciones de Albert? Si en un momento anula mi adopción simplemente por conservar las apariencias, pero un buen día me deja como dejó a Mae, ¿dónde quedo yo legalmente? No me interesa el dinero de los Andrew. Pero hace muchos años que llevo su apellido. Perder ese nombre sería como perder parte de mí misma. De pronto añoro la figura paterna del tío Abuello William, a quien siempre imaginé como un anciano amable que nunca me abandonaría. En cambio Albert.... Dice que me quiere. Pero seguramente lo mismo le decía a Mae.
No vino a verme hoy. No debería molestarme, tras el día hermoso que pasamos ayer. Siento más inquietud que añoranza.
No vino a verme hoy. No debería molestarme, tras el día hermoso que pasamos ayer. Siento más inquietud que añoranza.
sábado, junio 21
Día de limpieza
Esta mañana Albert llegó a verme en medio del desayuno. Yo ya sabía que vendría, pero no imaginé que podríamos pasar un día entero juntos, ¡y mucho menos limpiando! Albert quería que fuéramos de paseo, y yo tenía muchas ganas de ir con él, mas no quiero más sermones de la Señorita Pony. Además, había mucha ropa que lavar. Normalmente lavamos la ropa con ayuda de los niños, pero teniendo a Albert de visita, ¿por qué no ponerlo a trabajar? Así los niños podían irse a jugar y nosotros dos podríamos estar solos... aunque en el Hogar de Pony no hay privacidad. Entre los niños correteando por todas partes y las atentas miradas de las maestras, no hicimos nada más que lavar ropa toda la mañana. Aunque Albert me sorprendió de repente con un besito rápido mientras tendíamos la ropa. ¡Qué dulce!
Por un momento olvidé que Albert era William Andrew, miembro y heredero de una familia prominente. Éramos otra vez dos amigos, sin familia ni obligaciones... y muy enamorados uno del otro. La ilusión se deshizo a la hora del almuerzo, cuando la Srita. Pony quiso hacer conversación con Albert preguntándole por sus negocios. Después estuvieron hablando sobre mí... ¡Qué incómodo! La Srita Pony hablaba con Albert con el mismo tono que usaba cuando venían visitantes al hogar con la esperanza de adoptar a alguno de nosotros, como si estuviera hablando con mi tutor, no con mi amigo.
En fin. Pude haberle pedido a Albert que nos fuéramos de paseo tras el almuerzo, pero en vez de eso le pedí que siguiera ayudándome a limpiar. Creo que lo hice un poco por demostrarle a la Srita. Pony que Albert es una persona sencilla, acostumbrado a las labores domésticas, y no el millonario estirado que me adoptó. Y también porque barrer y trapear en compañía de Albert me recuerda los tiempos felices cuando vivíamos juntos y él aún no recuperaba la memoria. No hubo oportunidad de otro beso, con los niños a nuestro alrededor, pero estuve muy contenta con él.
Una cosa me pareció inquietante: durante la cena Albert mencionó que Mae había ido a cenar a su casa el día anterior y que me enviaba saludos. Ya sé que Mae está comprometida y que Albert de verdad no ve en ella más que a una amiga, pero me cuesta trabajo no sentir celos... después de todo, ellos estuvieron juntos en África... Me pregunto si Albert también le ayudaba a Mae a limpiar la clínica... Es tonto imaginarme esas cosas, pero así soy a veces. Albert me pidió que fuéramos a Chicago para visitar a Mae. Yo lo que quiero es estar a solas con él, pero no puedo decir eso frente a las maestras.
Se fue después de la cena. Por increíble que parezca, se ofreció a lavar platos pero todos le dijimos que no, que ya había ayudado bastante. Nos dimos la mano para despedirnos, pero el guiñó un ojo. No pude hacer lo mismo porque las maestras me observaban.
Tras la cena, mientras recogíamos y doblábamos la ropa seca, una de las chicas comentó que Albert era muy bien parecido, y de inmediato me dijo que yo había enrojecido con su comentario, lo cual espero no sea cierto. En otros tiempos me habría puesto furiosa y le habría tirado de las trenzas o algo así. En vez de ello me reí y dije que sí, que Albert era muy guapo.
Pero no es por eso que lo quiero. Lo quiero porque es noble y bueno, y sobretodo porque es capaz de estar todo el día limpiando y barriendo con tal de estar conmigo.
Por un momento olvidé que Albert era William Andrew, miembro y heredero de una familia prominente. Éramos otra vez dos amigos, sin familia ni obligaciones... y muy enamorados uno del otro. La ilusión se deshizo a la hora del almuerzo, cuando la Srita. Pony quiso hacer conversación con Albert preguntándole por sus negocios. Después estuvieron hablando sobre mí... ¡Qué incómodo! La Srita Pony hablaba con Albert con el mismo tono que usaba cuando venían visitantes al hogar con la esperanza de adoptar a alguno de nosotros, como si estuviera hablando con mi tutor, no con mi amigo.
En fin. Pude haberle pedido a Albert que nos fuéramos de paseo tras el almuerzo, pero en vez de eso le pedí que siguiera ayudándome a limpiar. Creo que lo hice un poco por demostrarle a la Srita. Pony que Albert es una persona sencilla, acostumbrado a las labores domésticas, y no el millonario estirado que me adoptó. Y también porque barrer y trapear en compañía de Albert me recuerda los tiempos felices cuando vivíamos juntos y él aún no recuperaba la memoria. No hubo oportunidad de otro beso, con los niños a nuestro alrededor, pero estuve muy contenta con él.
Una cosa me pareció inquietante: durante la cena Albert mencionó que Mae había ido a cenar a su casa el día anterior y que me enviaba saludos. Ya sé que Mae está comprometida y que Albert de verdad no ve en ella más que a una amiga, pero me cuesta trabajo no sentir celos... después de todo, ellos estuvieron juntos en África... Me pregunto si Albert también le ayudaba a Mae a limpiar la clínica... Es tonto imaginarme esas cosas, pero así soy a veces. Albert me pidió que fuéramos a Chicago para visitar a Mae. Yo lo que quiero es estar a solas con él, pero no puedo decir eso frente a las maestras.
Se fue después de la cena. Por increíble que parezca, se ofreció a lavar platos pero todos le dijimos que no, que ya había ayudado bastante. Nos dimos la mano para despedirnos, pero el guiñó un ojo. No pude hacer lo mismo porque las maestras me observaban.
Tras la cena, mientras recogíamos y doblábamos la ropa seca, una de las chicas comentó que Albert era muy bien parecido, y de inmediato me dijo que yo había enrojecido con su comentario, lo cual espero no sea cierto. En otros tiempos me habría puesto furiosa y le habría tirado de las trenzas o algo así. En vez de ello me reí y dije que sí, que Albert era muy guapo.
Pero no es por eso que lo quiero. Lo quiero porque es noble y bueno, y sobretodo porque es capaz de estar todo el día limpiando y barriendo con tal de estar conmigo.
sábado, junio 7
Más consejos de la Srita. Pony
Cómo me arrepiento de no haber quedado en nada con Albert. Me muero de ganas de estar otra vez con él, pero no veo cómo. Lo mejor es esperar hasta mañana, tal vez consiga que alguien me lleve a Lakewood. Hoy estuve jugando con los niños y tratando de que no notaran lo distraída que estoy. La hermana María no me dice nada, pero a menudo noto que la Señorita Pony me observa, a veces preocupada, a veces de seño fruncido, como enojada.
Estaba lavando los platos de la cena cuando me preguntó si este fin de semana vería a Albert. Le dije que no lo sabía. Me recomendó una vez más que cuidara las apariencias y que no le creara problemas al Sr. Andrew. ¡Qué fastidio! ¿Por qué de pronto se fija en esas cosas, siendo que ella siempre me impulsó a ser como yo quisiera? Nunca le molestó mi amistad con Albert, ni siquiera cuando supo que se trataba del tío William. Sólo cuando se enteró de la historia del Príncipe de la Colina empezó con esta actitud tan rara en ella.
Estaba lavando los platos de la cena cuando me preguntó si este fin de semana vería a Albert. Le dije que no lo sabía. Me recomendó una vez más que cuidara las apariencias y que no le creara problemas al Sr. Andrew. ¡Qué fastidio! ¿Por qué de pronto se fija en esas cosas, siendo que ella siempre me impulsó a ser como yo quisiera? Nunca le molestó mi amistad con Albert, ni siquiera cuando supo que se trataba del tío William. Sólo cuando se enteró de la historia del Príncipe de la Colina empezó con esta actitud tan rara en ella.
viernes, junio 6
¿En qué me quedé?
A ver, a barrer un poquito.... ¡Uf! cómo se acumula el polvo después de un año. Casi ni dan ganas de empezar otra vez. Pero llegó el verano, el trabajo aburre un poco y ahora es cuando hay tiempo de dejar suelta a la musa. Claro que a estas alturas ya nadie está leyendo esta historia y me pregunto si habría que terminarla y empezar una nueva o seguir como hasta ahora. Lo voy a pensar.
lunes, abril 9
El cambio en mí
La Señorita Pony y la hermana María siguen enojadas conmigo. Más la primera que la segunda, quizás por nuestras conversaciones anteriores sobre no frecuentar mucho a Albert. ¿Cómo mantenerme lejos de él, si nos amamos? El problema va a ser explicarlo todo. ¡Menudo lío! Es verdad que tener un padre adoptivo apenas unos años mayor complica mucho las cosas. Pero yo no supe la verdadera identidad de mi tutor hasta mucho después, y para entonces, me parece, yo ya estaba enamorada de Albert. En cuanto a Albert, creo que se enamoró de mí cuando aún no recordaba su pasado, y no sabía qué clase de lazos nos unían. Debo preguntárselo cuando lo vea.
Pero sea cual sea la respuesta, no me importa. Estoy feliz y creo que me lo notan todos. Sobretodo los niños, que son muy perceptivos y que presenciaron mis depresiones del lunes y el martes. Ellos saben que algo ha cambiado pero no me preguntan nada, simplemente celebran mi buen humor y juegan conmigo como antes. ¡Cómo me divierto con ellos! ¿Alguna vez dejaré de ser niña? Al pensarlo recuerdo las sensaciones y emociones del día de ayer, y me doy cuenta de que algo en mí ha cambiado. Sé que antes he estado enamorada, pero nunca había estado con nadie de una manera tan íntima, ni había sentido un amor tan grande como el de Albert por mí. Anthony y Terry me quisieron a su modo, pero eran sólo unos adolescentes... y yo también lo era. Lo soy aún, pero me siento capaz de corresponder el amor de Albert con la misma madurez y respeto que él demuestra hacia mí.
Pensé que Albert tal vez vendría a verme por la noche, pero no fue así. Supongo que tendrá mucho trabajo. De todas formas, es seguro que vendrá a verme el fin de semana. ¿Iremos otra vez a Chicago? No me atrevo a ir a su casa a buscarlo yo, en vista de lo mal que le caen mis ausencias a la Srita. Pony.
Pero sea cual sea la respuesta, no me importa. Estoy feliz y creo que me lo notan todos. Sobretodo los niños, que son muy perceptivos y que presenciaron mis depresiones del lunes y el martes. Ellos saben que algo ha cambiado pero no me preguntan nada, simplemente celebran mi buen humor y juegan conmigo como antes. ¡Cómo me divierto con ellos! ¿Alguna vez dejaré de ser niña? Al pensarlo recuerdo las sensaciones y emociones del día de ayer, y me doy cuenta de que algo en mí ha cambiado. Sé que antes he estado enamorada, pero nunca había estado con nadie de una manera tan íntima, ni había sentido un amor tan grande como el de Albert por mí. Anthony y Terry me quisieron a su modo, pero eran sólo unos adolescentes... y yo también lo era. Lo soy aún, pero me siento capaz de corresponder el amor de Albert con la misma madurez y respeto que él demuestra hacia mí.
Pensé que Albert tal vez vendría a verme por la noche, pero no fue así. Supongo que tendrá mucho trabajo. De todas formas, es seguro que vendrá a verme el fin de semana. ¿Iremos otra vez a Chicago? No me atrevo a ir a su casa a buscarlo yo, en vista de lo mal que le caen mis ausencias a la Srita. Pony.
martes, marzo 27
Decir lo que siento
Pobre señorita Pony. Mi buen humor del día de hoy la dejó totalmente confundida. Estuve toda la mañana con los chicos ayudándoles con sus ejercicios de matemáticas, y por la tarde me dediqué a barrer y limpiar, pues quería compensar mi pereza de los días anteriores. Eso sí, en cuanto terminé fui a llevar el carro del Sr. Cartright de regreso a su rancho.
Pero una vez ahí, tuve el impulso de pedirle a uno de los mozos que me llevara a Lakewood. No estaba segura de lo que le diría a Albert pero me pareció que no debía esperar más. El coche de Albert no estaba y no quise molestar a la mucama. Me quedé al lado del cancel de las rosas, disfrutando la sombra y el aroma de las flores.
No tuve que esperar mucho. Albert llegó y se alegró de verme. Hasta me invitó a cenar con él... y dejó que le ayudara a pesar de que sabe lo mal que cocino.
Yo no sabía cómo confesarle lo que siento, pero estaba tan contenta de poder hablar con él con la familiaridad de antes que ni me importó. Hablamos sobre su visita a la colina cuando yo era niña. Yo tenía nueve años, él diecisiete. Dice que salió a cabalgar con un grupo de aristócratas pero que decidió perderlos de vista. Cuando tocó la gaita para mí, se dió cuenta de que lo encontrarían y por eso salió huyendo antes de despedirnos. Sólo dejó el medallón para mí.
No me reconoció cuando me rescató del río, pero cuando decidió adoptarme se dio cuenta de que yo venía del Hogar de Pony. Nunca me confesó lo del encuentro en la colina por no desilusionarme respecto a ese príncipe. En ese momento quise decirle que lo amaba, pero no me vinieron las palabras adecuadas. Dije no sé qué estupidez sobre cómo él siempre me ha hecho sonreír y terminé por estropear mi oportunidad.
Mientras levantábamos la mesa, yo estaba furiosa conmigo misma y decidí que no me iría esa noche de Lakewood sin confesarle mi amor a Albert. Estábamos lavando los platos cuando Albert quiso saber sobre mi encuentro con Mae. ¿Por dónde empezar? Mae había comenzado por decirme que Albert me amaba, pero en vez de ello le conté sobre el hospital Santa Juana y la vida de Mae en Rhodesia... Seguramente nada de eso era nuevo para él... lo único que se me ocurrió decirle que tal vez él no supiera ya era que Mae tenía novio. ¡Pero él ya lo sabía! Le reclamé por no decírmelo antes, y sin darme cuenta confesé que había estado celosa de Mae.
Sentí cómo me enrojecía y hasta se me calentaron las orejas. Pero Albert estaba del mismo color y empezó a balbucir... ¡se veía tan tierno! Sostenía un plato entre las manos de manera un poco precaria, así que se lo quité para impedir que lo dejara caer. Él seguía diciendo que "no había pensado que..." y no terminaba la frase. Un poco impaciente, la completé yo: "No pensaste que te amara, ¿verdad?" Y antes de que dijera nada, lo abracé y continué: "Yo tampoco lo pensaba, pero ahora sé que te amo".
Qúe lindo fue dejar salir esa frase de mi boca. Si lo hubiera sabido lo habría hecho antes. Albert temblaba de emoción y me abrazaba con fuerza. Poquito a poco fue besando mi frente, y cuando levanté la cabeza me besó en la boca, con el mismo cariño como cuando estábamos en la colina de Pony, pero con más intensidad, y por mucho más tiempo. Sentía mariposas revoloteándome en el estómago y no deseaba separarme de él. Cuando se apartó seguimos abrazados.
Hablamos un poco más sobre nuestros malentendidos y nuestras estúpidas cartas. Él no había querido presionarme, y yo no me había atrevido a decir lo que sentía. Fuimos un par de tontos. Pero al final, yo más que él, pues él sólo pensaba en no herirme, mientras que yo lo que temía era su rechazo.
¿Cuánto tiempo habremos estado en la cocina? Quién sabe. Se me pasó volando. ¡Es tan lindo estar entre los brazos de Albert! Y me muero de ternura cada vez que me besa, con cuidado y dulzura, siempre esperando mi reacción antes de ir más lejos... Podría haberme quedado toda la noche ahí, besándolo en la cocina, si él no me hubiera recordado que tenía que volver al Hogar de Pony.
Por cierto, ¡qué enfadada estaba la Señorita Pony! En cuanto oyó el coche de Albert salió al zaguán. Ante su mirada de reclamo, ni me atreví a darle a Albert un beso de despedida.
Como no volví del rancho del Señor Cartright a tiempo para la cena, se preocupó mucho y mandó algunos chicos a buscarme. Ellos regresaron con la noticia de que me habían llevado a Lakewood y ella se molestó mucho, pues yo no le había avisado antes. ¿Cómo avisarle, si fui por impulso? Un impulso del que no me arrepiento, pues hoy por fin logré poner mi corazón en una bandeja, y fue bien recibido. El mal humor de la Señorita Pony no va a estropear el recuerdo de esta noche.
Es más, tengo la seguridad de que nada lo estropeará nunca, y que este amor que sentimos Albert y yo perdurará por siempre, pase lo que pase.
Pero una vez ahí, tuve el impulso de pedirle a uno de los mozos que me llevara a Lakewood. No estaba segura de lo que le diría a Albert pero me pareció que no debía esperar más. El coche de Albert no estaba y no quise molestar a la mucama. Me quedé al lado del cancel de las rosas, disfrutando la sombra y el aroma de las flores.
No tuve que esperar mucho. Albert llegó y se alegró de verme. Hasta me invitó a cenar con él... y dejó que le ayudara a pesar de que sabe lo mal que cocino.Yo no sabía cómo confesarle lo que siento, pero estaba tan contenta de poder hablar con él con la familiaridad de antes que ni me importó. Hablamos sobre su visita a la colina cuando yo era niña. Yo tenía nueve años, él diecisiete. Dice que salió a cabalgar con un grupo de aristócratas pero que decidió perderlos de vista. Cuando tocó la gaita para mí, se dió cuenta de que lo encontrarían y por eso salió huyendo antes de despedirnos. Sólo dejó el medallón para mí.
No me reconoció cuando me rescató del río, pero cuando decidió adoptarme se dio cuenta de que yo venía del Hogar de Pony. Nunca me confesó lo del encuentro en la colina por no desilusionarme respecto a ese príncipe. En ese momento quise decirle que lo amaba, pero no me vinieron las palabras adecuadas. Dije no sé qué estupidez sobre cómo él siempre me ha hecho sonreír y terminé por estropear mi oportunidad.
Mientras levantábamos la mesa, yo estaba furiosa conmigo misma y decidí que no me iría esa noche de Lakewood sin confesarle mi amor a Albert. Estábamos lavando los platos cuando Albert quiso saber sobre mi encuentro con Mae. ¿Por dónde empezar? Mae había comenzado por decirme que Albert me amaba, pero en vez de ello le conté sobre el hospital Santa Juana y la vida de Mae en Rhodesia... Seguramente nada de eso era nuevo para él... lo único que se me ocurrió decirle que tal vez él no supiera ya era que Mae tenía novio. ¡Pero él ya lo sabía! Le reclamé por no decírmelo antes, y sin darme cuenta confesé que había estado celosa de Mae.
Sentí cómo me enrojecía y hasta se me calentaron las orejas. Pero Albert estaba del mismo color y empezó a balbucir... ¡se veía tan tierno! Sostenía un plato entre las manos de manera un poco precaria, así que se lo quité para impedir que lo dejara caer. Él seguía diciendo que "no había pensado que..." y no terminaba la frase. Un poco impaciente, la completé yo: "No pensaste que te amara, ¿verdad?" Y antes de que dijera nada, lo abracé y continué: "Yo tampoco lo pensaba, pero ahora sé que te amo".
Qúe lindo fue dejar salir esa frase de mi boca. Si lo hubiera sabido lo habría hecho antes. Albert temblaba de emoción y me abrazaba con fuerza. Poquito a poco fue besando mi frente, y cuando levanté la cabeza me besó en la boca, con el mismo cariño como cuando estábamos en la colina de Pony, pero con más intensidad, y por mucho más tiempo. Sentía mariposas revoloteándome en el estómago y no deseaba separarme de él. Cuando se apartó seguimos abrazados.
Hablamos un poco más sobre nuestros malentendidos y nuestras estúpidas cartas. Él no había querido presionarme, y yo no me había atrevido a decir lo que sentía. Fuimos un par de tontos. Pero al final, yo más que él, pues él sólo pensaba en no herirme, mientras que yo lo que temía era su rechazo.
¿Cuánto tiempo habremos estado en la cocina? Quién sabe. Se me pasó volando. ¡Es tan lindo estar entre los brazos de Albert! Y me muero de ternura cada vez que me besa, con cuidado y dulzura, siempre esperando mi reacción antes de ir más lejos... Podría haberme quedado toda la noche ahí, besándolo en la cocina, si él no me hubiera recordado que tenía que volver al Hogar de Pony.
Por cierto, ¡qué enfadada estaba la Señorita Pony! En cuanto oyó el coche de Albert salió al zaguán. Ante su mirada de reclamo, ni me atreví a darle a Albert un beso de despedida.
Como no volví del rancho del Señor Cartright a tiempo para la cena, se preocupó mucho y mandó algunos chicos a buscarme. Ellos regresaron con la noticia de que me habían llevado a Lakewood y ella se molestó mucho, pues yo no le había avisado antes. ¿Cómo avisarle, si fui por impulso? Un impulso del que no me arrepiento, pues hoy por fin logré poner mi corazón en una bandeja, y fue bien recibido. El mal humor de la Señorita Pony no va a estropear el recuerdo de esta noche.
Es más, tengo la seguridad de que nada lo estropeará nunca, y que este amor que sentimos Albert y yo perdurará por siempre, pase lo que pase.
martes, marzo 20
Visita inesperada
Hoy seguí sintiéndome melancólica y la Señorita Pony insistió en que me fuera de paseo por la colina para que los chicos no vieran lo triste que estoy. Trepé al padre árbol y me puse a contemplar el paisaje. Estuve ahí mucho tiempo hasta que noté que alguien más había llegado a la colina y estaba trepando también. Al asomarme, no pude dar crédito a mis ojos: ¡Era Mae! ¿Qué carambas estaba haciendo aquí? ¡Y trepando un árbol, por Dios, como si fuera un mono!
"Hola Candy", dijo al llegar a mi altura. "Espero que no te moleste que haya venido a verte. ¡Uf!, no me había trepado a un árbol desde que volví a América, estoy perdiendo la práctica".
El vestido de Mae, antes tan lindo, ahora estaba polvoso y tenía una rasgadura. Al seguir mi mirada, Mae exclamó: "¡Diantres, si mi tía me ve así pensará que me asaltaron!"
Yo, que seguía sorprendida, no pensé más que decirle: "No es nada, la hermana María hace unos zurcidos casi invisibles... ella ya está acostumbrada a remendar mi ropa... y la de los niños, por supuesto".
"¡Menos mal, porque a mí no se me da nada que tenga que ver con manualidades!", dijo Mae soltando una carcajada. ¡Qué risa tan contagiosa tiene! Terminé por reírme yo también.
"A mí tampoco. Mi amiga Annie, que creció aquí conmigo, aprendió a coser y tejer muy bien. Yo en cambio solo sirvo para coser suturas".
"En eso me aventajas. Mis suturas son muy dolorosas y a mis pobres pacientes no les gustan nada... si el Dr. Leonard se entera seguro que me despide".
¡El Dr. Leonard! No recordaba que Mae trabajaba ahora en el Santa Juana.
"¿Cómo te trata el Dr. Leonard? Conmigo fue siempre muy antipático", comenté.
"Psss, en eso no ha cambiado nada. Sigue siendo muy profesional, pero le da importancia a cosas que no la merecen... ¿Sabes? Se puso a temblar cuando le conté que el paciente amnésico que vivía contigo resultó ser el heredero de los Andrew. Me parece que si tú lo desearas, te contrataría de inmediato otra vez. Pero no te interesa trabajar ahí, verdad?"
Negué con la cabeza.
"Este es un sitio muy lindo. Y además, es más agradable trabajar con niños... pero bueno. Hoy le pedí el día libre al Dr. Leonard para venir a decirte algo importante, Candy".
"¿Te pidió Albert que vinieras?", quise saber.
"¡Al contrario! ¡Me pidió que NO viniera! Pero como ves soy una testaruda y vine de todas formas... ¡no fue fácil! Conseguí que me llevaran a una granja vecina, pero por estos caminos casi no circula nadie, afortunadamente quienes lo hacen son muy amables y siempre están dispuestos a desviarse un poco, si no, estaría caminando todavía... pero bueno. Como verás hablo mucho y digo poco. Lo que yo venía a contarte es que William está muy enamorado de ti y, aunque no te lo diga, se muere de celos de pensar que amas a otro."
Mi primera reacción fue molestarme al saber que Albert seguía viendo a Mae en Chicago, pero el hecho de que le dijera a ella que estaba enamorado de mí cambiaba las cosas, ¿no? No sabía qué decir, pero no tuve que decir nada, porque Mae siguió hablando.
"Lo importante en estos casos es hablar de frente, Candy. William no sirve para eso, como ya te habrás dado cuenta. Como no quiere importunar a nadie, a veces calla lo que siente. Y si vengo a decirte todo esto es porque creo que lo mismo te está ocurriendo a ti. William, por bien que te conozca, no puede leerte la mente. Ya ves, se imaginó que te habías enamorado de James. Ya le hice ver que no es posible que te guste un tipo como James, pero no creas que eso lo dejó tranquilo."
¿Qué se puede responder a esto? Yo estaba totalmente sin palabras. Así que dije una estupidez: "¿Como puedes saber si James me gusta o no?" No sonó como yo quería. Pareció casi un reproche.
"Pues yo no lo puedo saber con certeza, pero me parece que a William ya le quedó bastante claro después del disgusto que tuvieron este Domingo".
Sentí sonrojarme y quise cambiar de tema. "Mae, sigo sin entender qué esperas de mí."
"¿Yo? nada. Pero William, o Albert, como prefiere que lo llames, está muy triste. Él es mi amigo y me gustaría ayudarlo. Si por lo menos te sinceraras con él, estaría más tranquilo".
"¿Y por qué no viene él a hablar conmigo?¿Por qué viniste tú?"
"Lo sabes bien: El cree que estás molesta con él por lo de este Domingo y no quiere meterse en tus asuntos".
Mientras pensaba en sus palabras mi estómago rugió y caí en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Se habría pasado ya la hora de la comida y seguramente no me habían llamado por no importunarme.
"Mae, acompáñame a comer algo, seguramente tú también estarás hambrienta". Mae no tuvo ningún problema al bajar del árbol.
Los chicos y las maestras estaban en clase. La Señorita Pony, siempre tan amable, nos había dejado comida a ambas con un mensaje que decía que podíamos tomar lo que quisiéramos.
"La Señorita Pony sabe que estás aquí", comenté.
"¡Claro! Ella fue quien me dijo dónde encontrarte. Se ve que te quiere mucho Candy, tienes suerte de haber crecido a su lado".
Durante el almuerzo me contó sobre el tiempo que estuvo en Rhodesia y sobre lo difícil que era trabajar en esas condiciones. La clínica en que ella trabajaba se cerró cuando Sudáfrica envió tropas al frente y los doctores, la mayoría de los cuales eran sudafricanos, fueron reclutados.
"Mi novio tuvo suerte, porque en esos momentos estaba enfermo de paludismo. En cuanto se recupere vendrá a América y nos casaremos, no desea volver a Sudáfrica nunca, pues no está de acuerdo con la guerra".
¡Qué mundo retorcido, en que se considera una fortuna el enfermarse de paludismo! Pero de pronto, quise saber más: "Mae, no sabía que tenías novio".
Me contó muchísimas cosas sobre él, desde cómo se conocieron en la clínica hasta cómo se despidieron en Sudáfrica cuando ella vino a América. Mae dice estar muy enamorada de él, pero eso sí, dijo que le costó mucho trabajo reconocer sus sentimientos en un principio. "Que no te pase a ti Candy. Uno teme arrepentirse de decir algo, pero la verdad es que si no dices nada, terminas por arrepentirte de todas maneras".
Sus palabras me hicieron meditar mientras seguíamos hablando de su novio. El pobre va a llegar aquí sin nada, enfermo y habiendo dejado todo atrás. Por eso Mae está tratando de ahorrar todo el dinero que pueda.
Terminadas las clases los chicos salieron a jugar y las maestras y yo nos pusimos a preparar la cena. Mae se ofreció a poner la mesa pero se disculpó por no saber cocinar. La hermana María, tras un rápido remiendo a la falda de Mae, comentó que de hecho era mejor mantenerme fuera de la cocina a mí también y nos dejaron hablando hasta que estuvo lista la cena. Al terminar de cenar, la Señorita Pony preguntó si mi amiga iría a pasar la noche con nosotros.
"¡No puede ser, si tengo que trabajar mañana en el hospital! " dijo Mae. "Pensé que había un tren hasta Chicago". Estábamos en un aprieto, porque ya era muy tarde y la estación de tren estaba lejos. Tuve una idea.
"Mae, vamos al rancho del Señor Cartright. Con suerte, él nos llevará a Lakewood y desde ahí tomarás el tren a Chicago". Partimos de inmediato, y, efectivamente, el Señor Cartright nos preparó un carro con caballos. Aún así, llegamos a Lakewood cuando el tren había partido. La única solución era, en esos momentos, ir a la casa de los Andrew y pedirle a Albert que llevara a Mae a Chicago, idea que no era de su agrado pues temía que Albert se enojara con ella por venir a verme. Pero no nos quedó otro remedio: era ya muy tarde para ir en carro hasta Chicago y regresar.
La mucama se sorprendió al reconocerme, y de inmediato fue a llamar a Albert. Él, por supuesto, estaba aún más sorprendido de vernos a las dos en Lakewood y tan tarde. Mae le dijo muy tranquila que había ido a visitarme pero que se le había hecho tarde, y le pidió que la llevara a casa de su tía. Albert, boquiabierto, asintió con la cabeza y fue por el coche.
"Uf, me temo que me va a reclamar en el camino, pero qué le vamos a hacer. Gracias, Candy, por traerme hasta aquí. Lo pasé muy bien contigo en el Hogar de Pony".
"Gracias por visitarme Mae, y perdóname si antes he sido grosera contigo. Puedes venir a verme cuando quieras", le dije mientras Albert se acercaba en su coche hacia la entrada. Me despedí de ambos y vine de regreso al Hogar de Pony. Ya regresaré el carro mañana, cuando los caballos hayan descansado.
¿Cómo pude ser tan tonta? Mae de verdad es muy simpática, y aunque es mucho más madura que yo, no por eso deja de ser moderna y divertida... Albert tenía razón. La complicidad que hay entre ellos y que tanto me asusta no es más que amistad, independientemente de lo que haya habido entre ellos. Además me queda claro que Mae no tiene interés en Albert. En cuanto a él, le dijo a Mae que me quiere a mí, ¿no? No debo dudar más.
La Señorita Pony comentó que mi amiga era muy agradable y que me veía más contenta ahora. ¿Cómo no voy a estarlo, si Mae dice que Albert aún me ama? Pero tiene razón, debo decirle lo que siento cuanto antes.
"Hola Candy", dijo al llegar a mi altura. "Espero que no te moleste que haya venido a verte. ¡Uf!, no me había trepado a un árbol desde que volví a América, estoy perdiendo la práctica".
El vestido de Mae, antes tan lindo, ahora estaba polvoso y tenía una rasgadura. Al seguir mi mirada, Mae exclamó: "¡Diantres, si mi tía me ve así pensará que me asaltaron!"
Yo, que seguía sorprendida, no pensé más que decirle: "No es nada, la hermana María hace unos zurcidos casi invisibles... ella ya está acostumbrada a remendar mi ropa... y la de los niños, por supuesto".
"¡Menos mal, porque a mí no se me da nada que tenga que ver con manualidades!", dijo Mae soltando una carcajada. ¡Qué risa tan contagiosa tiene! Terminé por reírme yo también.
"A mí tampoco. Mi amiga Annie, que creció aquí conmigo, aprendió a coser y tejer muy bien. Yo en cambio solo sirvo para coser suturas".
"En eso me aventajas. Mis suturas son muy dolorosas y a mis pobres pacientes no les gustan nada... si el Dr. Leonard se entera seguro que me despide".
¡El Dr. Leonard! No recordaba que Mae trabajaba ahora en el Santa Juana.
"¿Cómo te trata el Dr. Leonard? Conmigo fue siempre muy antipático", comenté.
"Psss, en eso no ha cambiado nada. Sigue siendo muy profesional, pero le da importancia a cosas que no la merecen... ¿Sabes? Se puso a temblar cuando le conté que el paciente amnésico que vivía contigo resultó ser el heredero de los Andrew. Me parece que si tú lo desearas, te contrataría de inmediato otra vez. Pero no te interesa trabajar ahí, verdad?"
Negué con la cabeza.
"Este es un sitio muy lindo. Y además, es más agradable trabajar con niños... pero bueno. Hoy le pedí el día libre al Dr. Leonard para venir a decirte algo importante, Candy".
"¿Te pidió Albert que vinieras?", quise saber.
"¡Al contrario! ¡Me pidió que NO viniera! Pero como ves soy una testaruda y vine de todas formas... ¡no fue fácil! Conseguí que me llevaran a una granja vecina, pero por estos caminos casi no circula nadie, afortunadamente quienes lo hacen son muy amables y siempre están dispuestos a desviarse un poco, si no, estaría caminando todavía... pero bueno. Como verás hablo mucho y digo poco. Lo que yo venía a contarte es que William está muy enamorado de ti y, aunque no te lo diga, se muere de celos de pensar que amas a otro."
Mi primera reacción fue molestarme al saber que Albert seguía viendo a Mae en Chicago, pero el hecho de que le dijera a ella que estaba enamorado de mí cambiaba las cosas, ¿no? No sabía qué decir, pero no tuve que decir nada, porque Mae siguió hablando.
"Lo importante en estos casos es hablar de frente, Candy. William no sirve para eso, como ya te habrás dado cuenta. Como no quiere importunar a nadie, a veces calla lo que siente. Y si vengo a decirte todo esto es porque creo que lo mismo te está ocurriendo a ti. William, por bien que te conozca, no puede leerte la mente. Ya ves, se imaginó que te habías enamorado de James. Ya le hice ver que no es posible que te guste un tipo como James, pero no creas que eso lo dejó tranquilo."
¿Qué se puede responder a esto? Yo estaba totalmente sin palabras. Así que dije una estupidez: "¿Como puedes saber si James me gusta o no?" No sonó como yo quería. Pareció casi un reproche.
"Pues yo no lo puedo saber con certeza, pero me parece que a William ya le quedó bastante claro después del disgusto que tuvieron este Domingo".
Sentí sonrojarme y quise cambiar de tema. "Mae, sigo sin entender qué esperas de mí."
"¿Yo? nada. Pero William, o Albert, como prefiere que lo llames, está muy triste. Él es mi amigo y me gustaría ayudarlo. Si por lo menos te sinceraras con él, estaría más tranquilo".
"¿Y por qué no viene él a hablar conmigo?¿Por qué viniste tú?"
"Lo sabes bien: El cree que estás molesta con él por lo de este Domingo y no quiere meterse en tus asuntos".
Mientras pensaba en sus palabras mi estómago rugió y caí en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Se habría pasado ya la hora de la comida y seguramente no me habían llamado por no importunarme.
"Mae, acompáñame a comer algo, seguramente tú también estarás hambrienta". Mae no tuvo ningún problema al bajar del árbol.
Los chicos y las maestras estaban en clase. La Señorita Pony, siempre tan amable, nos había dejado comida a ambas con un mensaje que decía que podíamos tomar lo que quisiéramos.
"La Señorita Pony sabe que estás aquí", comenté.
"¡Claro! Ella fue quien me dijo dónde encontrarte. Se ve que te quiere mucho Candy, tienes suerte de haber crecido a su lado".
Durante el almuerzo me contó sobre el tiempo que estuvo en Rhodesia y sobre lo difícil que era trabajar en esas condiciones. La clínica en que ella trabajaba se cerró cuando Sudáfrica envió tropas al frente y los doctores, la mayoría de los cuales eran sudafricanos, fueron reclutados.
"Mi novio tuvo suerte, porque en esos momentos estaba enfermo de paludismo. En cuanto se recupere vendrá a América y nos casaremos, no desea volver a Sudáfrica nunca, pues no está de acuerdo con la guerra".
¡Qué mundo retorcido, en que se considera una fortuna el enfermarse de paludismo! Pero de pronto, quise saber más: "Mae, no sabía que tenías novio".
Me contó muchísimas cosas sobre él, desde cómo se conocieron en la clínica hasta cómo se despidieron en Sudáfrica cuando ella vino a América. Mae dice estar muy enamorada de él, pero eso sí, dijo que le costó mucho trabajo reconocer sus sentimientos en un principio. "Que no te pase a ti Candy. Uno teme arrepentirse de decir algo, pero la verdad es que si no dices nada, terminas por arrepentirte de todas maneras".
Sus palabras me hicieron meditar mientras seguíamos hablando de su novio. El pobre va a llegar aquí sin nada, enfermo y habiendo dejado todo atrás. Por eso Mae está tratando de ahorrar todo el dinero que pueda.
Terminadas las clases los chicos salieron a jugar y las maestras y yo nos pusimos a preparar la cena. Mae se ofreció a poner la mesa pero se disculpó por no saber cocinar. La hermana María, tras un rápido remiendo a la falda de Mae, comentó que de hecho era mejor mantenerme fuera de la cocina a mí también y nos dejaron hablando hasta que estuvo lista la cena. Al terminar de cenar, la Señorita Pony preguntó si mi amiga iría a pasar la noche con nosotros.
"¡No puede ser, si tengo que trabajar mañana en el hospital! " dijo Mae. "Pensé que había un tren hasta Chicago". Estábamos en un aprieto, porque ya era muy tarde y la estación de tren estaba lejos. Tuve una idea.
"Mae, vamos al rancho del Señor Cartright. Con suerte, él nos llevará a Lakewood y desde ahí tomarás el tren a Chicago". Partimos de inmediato, y, efectivamente, el Señor Cartright nos preparó un carro con caballos. Aún así, llegamos a Lakewood cuando el tren había partido. La única solución era, en esos momentos, ir a la casa de los Andrew y pedirle a Albert que llevara a Mae a Chicago, idea que no era de su agrado pues temía que Albert se enojara con ella por venir a verme. Pero no nos quedó otro remedio: era ya muy tarde para ir en carro hasta Chicago y regresar.
La mucama se sorprendió al reconocerme, y de inmediato fue a llamar a Albert. Él, por supuesto, estaba aún más sorprendido de vernos a las dos en Lakewood y tan tarde. Mae le dijo muy tranquila que había ido a visitarme pero que se le había hecho tarde, y le pidió que la llevara a casa de su tía. Albert, boquiabierto, asintió con la cabeza y fue por el coche."Uf, me temo que me va a reclamar en el camino, pero qué le vamos a hacer. Gracias, Candy, por traerme hasta aquí. Lo pasé muy bien contigo en el Hogar de Pony".
"Gracias por visitarme Mae, y perdóname si antes he sido grosera contigo. Puedes venir a verme cuando quieras", le dije mientras Albert se acercaba en su coche hacia la entrada. Me despedí de ambos y vine de regreso al Hogar de Pony. Ya regresaré el carro mañana, cuando los caballos hayan descansado.
¿Cómo pude ser tan tonta? Mae de verdad es muy simpática, y aunque es mucho más madura que yo, no por eso deja de ser moderna y divertida... Albert tenía razón. La complicidad que hay entre ellos y que tanto me asusta no es más que amistad, independientemente de lo que haya habido entre ellos. Además me queda claro que Mae no tiene interés en Albert. En cuanto a él, le dijo a Mae que me quiere a mí, ¿no? No debo dudar más.
La Señorita Pony comentó que mi amiga era muy agradable y que me veía más contenta ahora. ¿Cómo no voy a estarlo, si Mae dice que Albert aún me ama? Pero tiene razón, debo decirle lo que siento cuanto antes.
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